Translate

miércoles, 8 de febrero de 2012

“THE YELLOW SEA” – “LOS DESCENDIENTES”

Demasiado para un hombre solo (I): The Yellow Sea (Hwanghae, 2010), de Na Hong-jin.- [Advertencia: en el presente artículo se revelan importantes detalles de la trama de este film.] No cuesta demasiado ver en el planteamiento argumental de The Yellow Sea ciertas similitudes con la literatura noir de Patricia Highsmith, y más concretamente con el argumento de su excelente novela El juego de Ripley, base de la magnífica película de Wim Wenders El amigo americano (Der amerikanische freund, 1977) y del meramente correcto film homónimo de Liliana Cavani realizado en 2002. Si Highsmith planteaba la situación de un hombre que sufre una enfermedad terminal, y que a las puertas de la muerte acepta el encargo de asesinar a otro hombre a cambio de una lucrativa suma de dinero que garantizará la subsistencia de su familia tan pronto como él desaparezca de este mundo, Na Hong-jin cuenta la historia de un humilde taxista surcoreano, Gu-nam (Ha Jung-woo), que acepta un similar encargo por parte de un mafioso, Myun (Kim Yun-seok), a cambio de otra fuerte suma de dinero gracias a la cual podrá liquidar una enorme deuda de juego e incluso le quedará algo para, como suele decirse, empezar una nueva vida. Las diferencias con Highsmith estriban, por descontado, tanto en lo que se refiere al contexto étnico en el cual se enmarca la acción –Gu-nam es un chosunjok: un ciudadano chino de origen coreano que vive en la prefectura autónoma china de Yanbian, situada en la frontera de China con Corea del Norte—, como en un apunte que, no obstante, tampoco está tan lejos de lo ofertado por Highsmith: si, en El juego de Ripley, el co-protagonista del relato al cual ha “elegido” Tom Ripley para cometer el crimen vive con su esposa, el de The Yellow Sea hace tiempo que está separado de ella y vive atormentado por su recuerdo –ella marchó a Corea del Sur para trabajar y jamás volvió a tener noticias suyas—, de ahí que Gu-nam acepte la siniestra proposición de Myun no solo para conseguir dinero, sino también para aprovechar los días en los que estará en territorio surcoreano –donde vive su futura víctima: el profesor Kim Seung-hyun (Kwak Byoung-kyu)— a fin de localizar a su mujer y que le dé explicaciones sobre el porqué jamás volvió a contactar con él.

Sobre esta premisa, el realizador Na Hong-jin –de quien todavía tengo pendiente de ver su anterior y reputada The Chaser (Chugyeogja, 2008)— desarrolla, con abundante metraje (157 minutos) pero, por desgracia, también con escasa densidad, un relato a medio camino entre el thriller policíaco y el melodrama fatalista que, más allá de su curioso planteamiento y de algunas ideas dispersadas aquí y allá, y más de guión que de puesta en escena, no supera el teórico atractivo de la propuesta –muy teórico: Patricia Highsmith lo planteaba muchísimo mejor— por culpa de esa dilatación temporal y, vuelvo a insistir, tal exceso de metraje, el cual no parece tener otra función que la de conferirle “cuerpo” y “grandeza”, a una trama que, tal y como está planteada y sobre todo desarrollada, no da ni mucho menos para tanto. The Yellow Sea acaba erigiéndose en un penoso ejemplo de cómo una idea con posibilidades puede malograrse (y aquí se malogra) a base de subrayarla continuamente hasta empobrecerla y de estirarla a capricho hasta agotarla antes de tiempo. No es tanto un problema de que lo que cuenta lo cuente bien o mal –digamos que lo plantea todo bien, pero luego lo desarrolla mal—, sino más bien de que absolutamente todo lo que narra está desarrollado mediante una puesta en escena pretendidamente minuciosa, pero en realidad machacona y sobrecargada hasta el ahogo, que no consigue otra cosa que, vuelvo a insistir, alargar en exceso el metraje, rozando lo gratuito: es el triunfo de la imagen por la imagen y del plano por el plano. Basta con ver, por ejemplo, cómo resuelve Na Hong-jin tanto las escenas que describen aspectos de la vida cotidiana de Gu-nam en el primer tercio del relato –las partidas de mahjong, que siempre pierde, aumentando así sus deudas de juego; la rutina de su trabajo diario con el taxi—, como las que dibujan sus movimientos como emigrante ilegal en Corea del Sur, camino del asesinato que tiene que cometer –el viaje en el carguero; sus primeros pasos por la ciudad; las pesquisas que realiza para averiguar el paradero de su esposa—; en todo momento hay tantos planos, y en particular, tantos cortes de montaje destinados a mostrar una misma cosa (por ejemplo: el realizador necesita hasta tres encuadres seguidos para mostrarnos cómo Gu-nam telefonea desde una cabina a Myun), que acaban por aburrir.

Comprendo que habrá quien diga que esto es “agilidad narrativa” (cosa que no es cierta, pues el relato no avanza más deprisa porque haya más planos dedicados a enseñarnos trivialidades); “ritmo trepidante” (tampoco: el relato no progresa por esa misma razón, es decir, porque cada escena venga cargada de planos falsamente “detallistas”); “planificación minuciosa” (menos todavía: ¿por qué detallar, como hemos dicho antes, cómo se hace una llamada telefónica en tres planos cuando basta con solo uno?; y este procedimiento narrativo se repite de forma constante a lo largo de todo el metraje); o incluso, dirán, como una forma soterrada de expresar la tensión, el nervio, la crispación interna del relato: esto último se podría entender, e incluso aceptar, en aquellos instantes en los que, efectivamente, vemos que la vida de Gu-nam corre peligro, o por poner otro ejemplo, en todos los relacionados con el mafioso Myun y sus violentas actividades delictivas, pero incluso es estos casos concretos el recurso a ese procedimiento narrativo acaba siendo, por eso mismo, monótono. Desde luego que debe entenderse como la elección del realizador, y como tal hay que respetarla, por descontado, pero aún así no tenemos por qué compartirla, y más cuando el resultado se acerca peligrosamente a lo gratuito: tal es el caso, por ejemplo, del torrente de planos empleados para mostrarnos cómo el mafioso surcoreano y rival de Myun (Cho Seong-ha) desfoga su estrés follándose frenéticamente a su amante; puedo entender que haya quien vea en ello una especie de correspondencia y coherencia entre la ansiedad del personaje y la crispación de la planificación, pero creo que se trata, más bien, de una nueva pérdida de tiempo, de las muchas que lastran y malogran esta película de narrativa hipertrofiada y vacua.

Ello no obsta para que no haya en The Yellow Sea algunos aspectos apreciables que impiden que el desastre sea absoluto. Como ocurre, por ejemplo, en uno de los puntos culminantes de la función en su primera mitad, la inesperada escena en la cual Gu-nam se dispone a entrar en el rellano del bloque de apartamentos del profesor Kim con la finalidad de asesinarle, y de repente aparecen ¡otros dos matones!, que se le adelantan con la misma intención…; por más que la sorpresa sea más mérito de guión que de realización, el momento es indiscutiblemente eficaz. Otro aspecto que, desde luego, llama mucho la atención es el empleo recurrente de armas blancas: las puñaladas e incluso los hachazos introducen al espectador en un mundo que, a pesar de estar temporalmente ubicado en época contemporánea, retrotrae a una barbarie y un primitivismo que produce un singular efecto anacrónico. Finalmente, y a modo de paradójica demostración del planteamiento a mi entender equivocado de la puesta en escena, el film gana en soltura narrativa e intensidad dramática cuando recurre al empleo de la elipsis, tal es el caso de algunos vistosos momentos de acción: el fuera de campo utilizado para resolver cómo Myun “despacha” sangrientamente a los matones enviados a su habitación de hotel para asesinarle resulta, de manera contradictoria, tanto la mejor escena de la película como, al mismo tiempo, una diáfana prueba de la fragilidad de su entramado: en ningún instante se tiene la sensación de que haya casa para tanto mueble.


Demasiado para un hombre solo (II): Los descendientes (The Descendants, 2011), de Alexander Payne.- [Advertencia: en el presente artículo se revelan importantes detalles de la trama de este film.] Otra vez me vuelve a pasar. Otra vez “tropiezo” con una de esas películas que gustan-a-todo-el-mundo y que a mí, por las razones que ahora expondré, no termina de convencerme. De nuevo vuelvo a darme de bruces –como no me canso de insistir: sin la menor premeditación por mi parte— con “otro” The Artist u “otro” Drive cuyo prestigio me parece a todas luces desmesurado. Disculpen la franqueza, pero no puedo evitar el pensar que si The Artist es lo-mejor-del-moderno-cine-europeo, o que si Los descendientes y Drive son lo-mejor-del-moderno-cine-estadounidense, el nivel cualitativo está bajo, muy bajo. Ni que decir tiene que respeto la opinión inversamente contraria a la mía y a cualquier persona que la sostenga sinceramente: dejémoslo en que yo tengo otro concepto de esos niveles de calidad, y que los mismos no tienen por qué ser compartidos por nadie si así no se desea, ni más ni menos. Dicho esto, empezaré diciendo que Los descendientes tampoco me parece de lo mejor de su realizador, el norteamericano Alexander Payne: esa distinción creo que se la merece más Entre copas (Sideways, 2004) –por más que sobre la misma ya pesara en su momento la sombra de la sobrevaloración—, dentro del discreto nivel medio del resto de sus más conocidos trabajos tras las cámaras (juzgo los que le visto): Citizen Ruth (ídem, 1996), Election (ídem, 1999), y su sketch para París, je t’aime (Paris, je t’aime, 2006); excluyo de este cupo, expresamente, la fallida A propósito de Schmidt (About Schmidt, 2002). Todos ellos hacen gala, en sus líneas generales, de sugestivos planteamientos a nivel de guión, por más que, también por lo general, su puesta en imágenes diste mucho de ser (con la relativa excepción de Entre copas) particularmente inventiva. Dicho de otra forma: Alexander Payne es más un hombre de ideas que de imágenes, de conceptos que de sensaciones visuales, de concreciones que de abstracciones (y el cine es, por definición, un arte intrínsecamente abstracto…, por más que, viendo ciertas cosas que han hecho con él últimamente fulanos como Tarsem Singh o Guy Ritchie, nadie lo diría).

Payne, que suele hacer sus películas a partir de novelas de otros autores –tal es el caso de Election, A propósito de Schimidt y Entre copas—, por lo que, a falta de haberlas leído, dejo la cuestión de la originalidad de sus ideas o la apropiación/adaptación de ideas ajenas para una ocasión más propicia y con mayor conocimiento de causa, ha partido, en Los descendientes, de otro libro, original de la escritora hawaiana Kaui Hart Hemmings. Desconociéndolo, no hay más remedio que remitirse a lo que cuenta la propia película, que a grandes rasgos es bastante sencillo (simple, incluso): al principio del relato, una mujer practica esquí acuático; elipsis: la misma mujer yace ahora en la cama de un centro hospitalario, y en estado de coma (se ha golpeado la cabeza mientras esquiaba); ella es Elizabeth (Patricia Hastie), la esposa de Matt King (George Clooney), un acaudalado abogado de Hawai. Al problema familiar relacionado con la salud de su cónyuge, Matt debe añadir la dificultad de tener que enfrentarse a sus dos hijas, la adolescente Alexandra (Shailene Woodley) y la pequeña Scottie (Amara Miller), sin la ayuda de la esposa y faltándole práctica en el manejo de sus descendientes; además, está pendiente de cerrar un carísimo negocio, la venta de unos terrenos al lado del mar de los cuales sus poseedores, él y sus primos, están legalmente obligados a desprenderse antes de siete años, lo cual reportará a toda la familia una inmensa fortuna. Los médicos le dan a Matt una terrible noticia: el coma de Elizabeth es irreversible y su muerte, inevitable, tan pronto se la desconecte de los aparatos que la mantienen artificialmente con vida. Mientras tanto, sus hijas se portan mal, muy mal: la pequeña Scottie ha sido expulsada del colegio por haber insultado a otra niña metiéndose con su (evidente) sobrepeso; y, llegado el momento de tener que hacer frente a la inminencia de la muerte de Elizabeth, Matt va en busca de Alexandra, que está en un internado, y la descubre emborrachándose con una compañera de habitación… La cosa no acaba ahí: tras traerse a Alexandra de vuelta a casa, esta última le descubre un tremendo secreto sobre Elizabeth: que le era infiel y estaba considerando muy seriamente el abandonarle. ¡Demasiado para un hombre solo!

Un hombre enamorado de una mujer que le es infiel. Una mujer infiel que engaña a su marido. Un hombre que no conoce a sus hijas porque se pasa el día trabajando (¿creen que Alexandra dejará pasar la ocasión de recordárselo?: ¡no, señor!). Una niña maleducada que se siente incomprendida. Una adolescente que bebe y folla a destajo como reacción visceral a la hipocresía de los adultos (y que, cuando procede, da sabias lecciones a papá sobre cómo tienen que hacerse las cosas…). Un hombre, por tanto, que creía conocer a su esposa (tampoco), a sus hijas, a su familia, y que ve cómo en un escaso lapso de tiempo todo su mundo se desmorona: añádase al cuadro el descubrimiento de que una pareja de amigos a los que consideraba de confianza sabían de la infidelidad de Elizabeth y nunca se atrevieron a contárselo; que Alexandra sale con un chico, llamado Sid (Nick Krause), que parece descerebrado, y cuya compañía le impone; que –para variar— su suegro, Scott Thorson (Robert Forster), le odia desde siempre porque cree que él, como marido, nunca estuvo a la altura de “su” magnífica Elizabeth; que sus primos tan solo piensan en el mucho dinero que van a sacar de la venta del hermoso trozo de isla hawaiana que poseen, y sin importarles ni la belleza de ese terreno ni el valor sentimental que tiene algo que ha formado parte del patrimonio familiar durante generaciones; y que el amante secreto de su esposa no es sino un tal Brian Speer (Matthew Lillard), cuyo rostro agilipollado “adorna” la publicidad del negocio inmobiliario con el que se gana la vida, también está casado con otra mujer que tampoco conoce a su marido, Julie (Judy Greer), y tiene dos hijos a los cuales, probablemente, tampoco conoce ni comprende y que quizás tampoco le conocen ni le comprenden a él (y que, siguiendo con esta misma dinámica, tarde o temprano le reprocharán asimismo que siempre estuviese fuera de casa, trabajando para mantener su elevado nivel de vida –uno que permite el alquiler de un lujoso bungalow en primera línea de mar—, o bien tirándose a las mujeres de los demás…).

Lo que plantea Los descendientes quiere ser amargo y cínico, una digresión sobre la soledad de un individuo –Matt King— cuyos esquemas vitales, e incluso morales y éticos, se dan la vuelta prácticamente de un día para otro, demostrándole que todo lo ha hecho mal: ha sido un mal esposo, un mal padre, un mal yerno, quizás hasta un mal abogado; y, lo que es peor, él jamás se ha dado cuenta de sus errores, convencido de buena fe de que lo estaba haciendo todo bien, o al menos lo mejor posible. No hay peor descubrimiento que el de uno mismo, algo que se encuentra muy presente en prácticamente todo el cine de Alexander Payne. Todo eso está bien planteado, pero en el caso concreto de Los descendientes se estrella contra la blandura del tratamiento narrativo, la levedad del tono dramático, la ironía insuficiente: hasta la mediocre y redundante A propósito de Schmidt era más dura y amarga que esta tenue reflexión sobre la fragilidad de las relaciones familiares y la capa de respetabilidad –esposa, hijos, trabajo— con las cuales intentamos protegernos de la crueldad del mundo y de la vida, sin ser conscientes de que, en ocasiones, con todo eso estamos cavando nuestra propia sepultura. Puede verse una representación de esto último en el destino de Elizabeth King, una mujer harta de su vida cotidiana/de su mundo de convenciones preestablecidas, y que en su intento de fuga de todo eso –por la vía del adulterio y de un ansia de una vida plena, o de lo que se entiende como tal, simbolizado en este caso por la práctica del esquí acuático— acaba hallando la muerte: el “mensaje”, en este sentido, es realmente desolador.

El problema, como digo, es que lo que plantea Los descendientes al final está resuelto de una forma excesivamente blanda, incluso tópica y convencional. Salvando las distancias, el film de Alexander Payne “coincide” con el antes comentado The Yellow Sea en el equivocado tratamiento dado por su responsable tras las cámaras, quien en este caso concreto termina diluyendo toda esa acidez, toda esa amargura de fondo, en beneficio de un relato que se deja arrastrar sin esfuerzo por lo estereotipado. Basta con ver, por ejemplo, con qué rapidez la rebelde Alexandra acaba apoyando a su padre tras haberse estado enfrentando con él desde el principio (y, se supone, desde bastante tiempo atrás); puede alegarse, claro está, que la noticia de la confirmación de la próxima muerte de su madre la hace recapacitar y centrarse, pero el cambio es excesivamente brusco y tan solo nos enteramos del mismo por mediación de los diálogos: nunca “lo vemos”, entre otras razones porque la puesta en escena de Payne es aquí tan inexpresiva como la de A propósito de Schmidt. O el melifluo tratamiento de las escenas más dramáticas, tal es el caso del momento en que, con la ayuda de una psicóloga del hospital, Matt y Alexandra informan a Scottie de que su madre va a morir, en el cual la dureza de la situación se amortigua mediante la reducción del audio de los diálogos en combinación con el aumento del de la dulce canción que acapara la banda sonora, con vistas a lograr cierto efecto, digamos, “sensible” (o lacrimógeno, según como se mire). O el esfuerzo que el director y sus co-guionistas –a falta de conocer, insisto, la novela original— ponen en mostrar las motivaciones de todos los personajes, de forma que todos y cada uno están, a su manera, “justificados”: ya hemos mencionado a Matt, un hombre bienintencionado pero equivocado, a Alexandra, una adolescente rebelde comme il faut hasta que la tragedia familiar la hace “madurar”, y a Scottie, una niña respondona porque está faltada de afecto. Lo mismo puede decirse del duro suegro de Matt, el cual bajo su capa de dureza no esconde sino un amor profundo y sincero hacia su hija moribunda; del examante de Elizabeth, Brian Speer, quien en el fondo no es más que un pobre desgraciado que no supo entender las ansias de liberación de aquélla; e incluso del joven Sid, que en un momento dado “conecta” con Matt confesándole que vio morir a su padre hace un par de años y que, por tanto, la muerte de un ser querido es algo que no le resulta desconocido. Ese afán de “comprender” a todo el mundo malogra en grado sumo lo que podría haber sido y no es: una (otra) reflexión sobre la estupidez humana y la tragicomedia de la vida. Incluso está muy desaprovechado el telón de fondo hawaiano en el cual se inscribe el relato, cuyo exotismo podría haber servido a modo de contrapunto irónico si se hubiese conectado mejor con el trasfondo de lo narrado: un lugar paradisíaco donde sus habitantes tienen en realidad los mismos miserables problemas de todo el mundo. Casi huelga añadir que Los descendientes concluye con esa misma blandura, esa misma melancolía (forzada: no surge de manera natural), con Matt y sus hijas reconciliándose con Elizabeth antes de que deje este mundo, y tras su fallecimiento y funeral en la playa, “haciendo piña” frente al televisor y compartiendo unos helados, una vez aprendida la correspondiente lección.

12 comentarios:

  1. Pues siento diferir contigo Tomas en cuanto a "Los descendientes" ("The yellow sea" ni siquiera ha sido estrenada en mi ciudad...) Y es que a mi me gustó bastante. Si que es cierto que casi todo su mérito se suscribe al guión, pero aun asi creo que el enfoque que se la da a la pelicula, no es en el afan de ablandar la historia, si no que busca desdramatizarla, asumiendo que la situación a la que se enfrenta el protagonista es algo dentro de la normalidad, y que ocurre a diario. Y en lo que si estoy en desacuerdo es en el afan que comentas de hacer la pelicula lacrimogena, sobre todo en la secuencia de la niña, ya que yo creo que hubiese resultado mucho más melodramatica si hubiese estado cargada de primeros planos y el audio de la conversación. Me parece una resolución que respeta la intimidad de la situación y que representa cierto pudor, evitando inmiscuirse en ella.
    En fin diferencia de opiniones. Eso si tengo que reconocer que a la mitad de nuestro blog tampoco le gustó.
    Un saludo

    ResponderEliminar
  2. En general The Yellow Sea me gustó, pero me molestaron algunos aspectos, como ese montaje abrupto del que hablas. Muchas escenas de acción parecen rodadas con una cámara doméstica, y el director parece necesitar un montaje frenético para que no se note tanto su textura descuidada. Te recomiendo su primera película, The chase, que no has visto. Su trabajo de puesta en escena es más trabajado, o al menos, eso me pareció.

    Lo cierto es que con el largo "impasse" de la filmoteca de Catalunya, voy más al cine comercial a ver pelis actuales, y si he sentido una cierta caida en la interés de las películas estrenadas ...

    Se requieren voces discordantes (y con criterio) como la tuya en un mundo en el que la inmensa mayoría (y me incluyo) tendemos a sumarnos a un coro de voces que cantan las bondades (o maldades) de la película del momento.

    ResponderEliminar
  3. Últimamente no coincido con una buena parte de tus análisis, Tomás, pero en este caso estoy plenamente de acuerdo. Del director coreano me gusta mucho más su ópera prima y "Los descendientes" me parece una idea vista mil veces y afrontada de forma excesivamente convencional y poco verosímil.

    ResponderEliminar
  4. traquilo TFV a mi me pasa lo mismo. Son los mismos que no aprecian las ideas de puesta en escena de Spielberg (WAR HORSE ) y le critican por lo de siempre, de sensiblero, o lo que sea.O los que prefieren el cine argentino por su frescura sin analizarlo individualmente solo por venir de alli , por ejemplo. O los que no les gustan "j. edgar" y van a ver "the artist " y no se atreven a decir que no les gusta POR MIEDO QUE UN CINEFILILLO les diga que no lo ha entendido o no tiene suficiente inteligencia,por cierto sumo a esa lista de pelis que te tienen que gustar por que si y son de risa a "vALHALLA RISING" , "INCENDIES " "MATERIAL BLANCO "PAUL " "PAN NEGRE"

    ResponderEliminar
  5. Hola, Tomás!

    No diré que es de lo mejor del cine europeo (aunque sí creo que andamos faltos de los grandes maestros de antaño, ya que nos ponemos a hablar!), pero sí que me gustó "The Artist", que creo que tuve la suerte de ver sin demasiada "contaminación previa" (a veces, sobre todo cuando se cantan excesivos laureles de los filmes, pienso que uno puede ir contaminado a afrontar su visionado si ha leído demasiado al respecto; y estoy de acuerdo en que algunas críticas, hablando en plata, "se pasan tres pueblos" al relacionar el filme con la herencia del cine mudo). En cambio, estoy de acuerdo contigo en lo que respecta a "Los Descendientes", o, aún más, es probablemente la película de Payne que menos me gusta.
    En mi comentario de la peli en el blog acusaba un dato que quizá sea importante: Payne, por primera vez, no cuenta con la colaboración de quien había sido su co-libretista en absolutamente todas las películas previas, Jim Taylor. No sé si tiene que ver o no con los resultados de la película, pero creo que si Payne es mejor guionista que director, en The Descendants falla incluso en su parecela a priori "fuerte", y se deja llevar por una sucesión de tópicos y enunciados que se dan por supuestos y están poco, mal o forzadamente explorados, ya no en la puesta en escena, sino en el propio estadio de la escritura.
    Con todos los respetos para todo el mundo, me permito apuntar que con "Los descendientes" pasa un poco que la gravedad o visos trágicos del tema abordado parecen sostener la favorable reacción del público ante una película claramente mediocre, que esconde en ese "gran tema" sus absolutas flaquezas en el trazo psicológico.
    No estaría de acuerdo en que al final el filme esté resuelto de forma blanda, sino que desde el principio está mal planteada: por poner un ejemplo de muchos, atiéndase a las más que tópicas secuencias en las que el-esforzado-padre-que-tiene-que-hacer-una-cura-de-humildad acompaña a su hija menor, Scottie, a casa de una amiga.
    Si en "Entre copas" a uno le quedaba la sonrisa congelada, aquí esa sensación de "bittersweet" -creo que una de las más reconocibles señas del cine de Payne, por lo irónico o por lo reflexivo- está claramente impostada, y todo chirría.

    ResponderEliminar
  6. hola ! aprovecho este comentario aparte para preguntarte que piensas de que "Eden lake " ni se estrenara como tu comentaste en Scifiworld y muy pocos la sacarais a colacion, y la publicidad que estan dando a su segunda peli " la dama de negro" . Sera que en este pais importa mas quien la protagoniza a qiuen la dirige. Penoso , fijate como resaltan la imagen de d. radclife pero no dicen nada del actor de poter que es como se le conoce para selecionar al publico , por la peli que se trata

    ResponderEliminar
  7. Hola a todos!
    No he visto ninguna, pero Alexander Payne me gusta, "Entre copas" es una gra película. "Election" es una comedia negrísima, con muy mala leche, (como "Citizen Ruth") genial Reese Whitherspoon. No me parece para nada fallida "A propósito de Smith", como en las anteriores logra grandes interpretaciones y hasta se permite un final relativamente esperanzador. Creo que Clooney se ha unido al "club Payne" para pescar el Oscar, eso está clarísimo.
    Me uno a lo de "Paul" y "Pan Negre", son unos blufs.

    Salú!

    ResponderEliminar
  8. Pa negre palidece si se compara con obras anteriores de Villaronga como Tras el cristal o El Mar, que tuvieron mucha menos repercusión, de eso no hay duda, pero de todas formas, es interesante. ¿Que te parece la película Tomas?

    ResponderEliminar
  9. Buenas noches a todos:

    Únicamente señalar que no he visto "Paul", y que, con respecto a "Pa negre", me remito a lo que publiqué en su día en este mismo blog:
    http://elcineseguntfv.blogspot.com/2010/10/formas-actuales-del-cine-espanol-y-4.html

    Un saludo cordial.

    ResponderEliminar
  10. Gracias Tomás. Acabo de leer tu comentario acerca de Pa Negre y no puedo estar más de acuerdo.

    ResponderEliminar
  11. Coincido con The Yellow Sea, tiene algunos aspectos estéticos interesantes pero sí es cierto que posee fallos tanto en su metraje, como lo que nos cuenta la historia. Para mí... desaprovechada. Mucho mejor The Chaser, los personajes, la construcción de la trama e incluso las escenas de acción. (Aunque en el aspecto del thriller con asesino en serie muchísimo mejor I saw the Devil... brutal)
    En cuanto a Los Descendientes, me gustó mucho más Entre copas, ésta tiene alguna que otra situación forzada, pero no por ello, está genial. Tanto en dirección, actuación y guión, como en la música o la fotografía. Quizá Payne no utilice los recursos del Tarshem ese, pero ¿acaso su cine lo exige? Es como si a las películas del clásico James Gray las realiza David Fincher, su resultado final no sería el más acorde (para James gray escogería Steve Mcqueen por ejemplo). Creo que lo que cuenta Payne está adecuado a su modo de contarlo.

    ResponderEliminar
  12. La coreana, Tomás, no la he visto, pero sí Los descendientes, y, a diferencia de lo que suele ser habitual, no coincido contigo en la valoración que efectúas de la misma; es más, curiosa y paradójicamente, pensaba mientras leía tu texto que le achacas una astenia visual y narrativa que es, justamente, todo lo contrario de la 'verborrea' que le imputas, como principal defecto, a la coreana. Entiendo que son propuestas con premisas argumentales y tonales muy distantes, pero, aún así, no deja de resultarme llamativo. En fin, pajas mentales mías, en todo caso. Y es que, más allá de coincidencias o discrepancias, no puedo dejar de apreciar en tus reseñas la profundidad de tu mirada, que no necesita de divagaciones técnicas ni culteranas para entrar en un análisis a fondo de las obras sobre las que recae. Un mérito, y bien gordo...

    Un fuerte abrazo y seguimos trasteando.

    ResponderEliminar