Si bien es verdad que, a poco que se mire con cierto detenimiento, Red State no supone una ruptura tan radical como se ha dicho con respecto al acervo del cine de Kevin Smith (cosa hasta cierto punto comprensible en un director que con este ya lleva dieciséis títulos a sus espaldas), que esa relativa fidelidad a determinados temas y diálogos “chocantes” característicos del firmante de Clerks es lo peor del film, y aún estando lejos de ser una obra redonda, Red State es la mejor película de su autor. Su arranque parece obedecer, a simple vista, a planteamientos cercanos al cine habitual de Smith en particular y al de la comedia teenager contemporánea en general: tres adolescentes, Travis (Michael Angarano), Jarod (Kyle Gallner) y Billy-Ray (Nicholas Braun), responden a un anuncio publicado por una mujer que dice tener 38 años y que desea sexo con otros tantos chicos jóvenes y desinhibidos; antes, empero, hemos visto un pequeño apunte sobre el quehacer cotidiano de los muchachos en el instituto donde estudian y, premonitoriamente, la aparición de miembros de la secta religiosa de Abin Cooper (Michael Parks), manifestándose ante la casa de un chico asesinado por homosexual justo en el momento en que la familia de este último traslada el ataúd para asistir a su funeral, y regocijándose por la muerte de lo que, para ellos, era un pecador sodomita que tan solo merecía arder eternamente en el infierno. A lo que se ve, la inquietud habitual de Smith por los personajes jóvenes, así como ecos de la mirada irreverente sobre la religión católica que era la columna vertebral de Dogma, parece asomar su rostro en estos primeros minutos de Red State. Aclaro aquí que ni el retrato de la juventud estadounidense, ni la reflexión ácida sobre el fanatismo religioso de determinados sectores de la población norteamericana, no son ni mucho menos exclusivos de Smith; pero lo que ya desde el principio llama la atención es el tono de la narración, seco, conciso y directo, como nunca antes habíamos visto en el cine de este director: desde sus primeras imágenes, Red State nos está diciendo que es otra cosa.
Sorprende, asimismo, que en esta ocasión el realizador no se mire a “sus” jóvenes con mucha simpatía: Travis, Jarod y Billy-Ray no son chicos “ocurrentes”, sino adolescentes ingenuos, inmaduros y hambrientos de sexo que responden estúpidamente a la promesa de una orgía (sic), yendo a caer en manos de la secta de Abin Cooper como conejos llevados al matadero; además, y a la hora de la verdad, los tres reaccionarán, cada uno a su manera, con miedo y cobardía: Billy-Ray consigue liberarse de las ligaduras de plástico que le ataban espalda con espalda a Travis gracias a la iniciativa de este último, pero, dejándose llevar por el pánico, no duda en abandonarle con la finalidad de salvar su propia piel; más tarde, un ya liberado Travis considera la posibilidad de intentar el rescate de Jarod, y al no verlo factible también decide echar a correr e intentar salvarse él mismo; luego será Jarod quien acepte el plan improvisado de la joven Cheyenne (Kerry Bishé), la hija de la fanática Sara (Melissa Leo) y nieta de Abin Cooper, con tal de intentar salir con vida del embrollo. [Nota bene: me pregunto si parte del rechazo que ha provocado Red State entre muchos de los así llamados incondicionales de Kevin Smith pueda basarse en esa imagen nada heroica ni gratificante que ofrece aquí de los jóvenes: como si no aceptasen que, de repente, Smith haya decidido algo así como pasarse “a los viejos” y mostrar la frágil frontera que existe, entre muchas personas de menor edad, entre inmadurez y estupidez.]
Más motivos para la (agradable) sorpresa: se ha dicho de Red State que es una crítica, una mirada feroz o una denuncia, exprésese como se quiera, contra la parcela más reaccionaria y violenta de cierto sector de la sociedad estadounidense dominada por un fanatismo religioso a ultranza que casi da sopa con ondas al habitualmente depauperado (por desgracia, no sin razón) fundamentalismo islámico. Cierto, lo es. Pero eso es tan solo la mitad de lo que denuncia la película: tan pronto como llega a oídos de las así llamadas fuerzas del orden la noticia del secuestro de los adolescentes por la secta de Abin Cooper, y se personan frente a su granja el agente federal Joseph Keenan (John Goodman) y sus hombres, Red State da otro sorprendente giro dramático, en virtud del cual la crítica sobre el fanatismo religioso made in USA se completa, inesperadamente, con una acusación no menos virulenta contra la brutalidad del sistema de medidas de seguridad del gobierno estadounidense, de tal manera que lo que empieza como el intento de detención de unos criminales se transforma, en unos segundos, en una operación de “limpieza” de terroristas que implica la eliminación de todos y cada uno de los testigos: hombres, mujeres y niños. Si bien es verdad que acaso movido por cierto pudor, o sencillamente por un honesto afán de justicia (las fronteras siguen sin estar del todo claras), Smith no se atreve a consumar el trágico asesinato “legal” de los pequeños hijos de los fanáticos de la secta de Abin Cooper, no es menos cierto que, con ese quiebro argumental, introduce una terrible ambigüedad, en virtud de la cual acaban siendo tan repugnantes los reaccionarios acólitos del enloquecido predicador como los agentes de la ley encargados de asesinarlos, insisto, “legalmente”, en un panorama desolador donde, como ya he señalado, no resultan simpáticos ni los tres infelices chicos secuestrados, ni las patéticas actitudes de ciega sumisión de los correligionarios de Abin Cooper, ni la manera como el agente Keenan se ve obligado en un primer momento a tragarse su humanidad y su sentido de lo que es correcto en-cumplimiento-del-deber, ni tan siquiera la aparentemente heroica actitud de Cheyenne con tal de salvar a los niños (la cual, se comparta o no, no deja de ser una –otra— reacción de miedo ante una situación límite que la lleva a traicionar un credo que, hasta entonces, acataba sin rechistar). Red State es, a su manera, una película de monstruos y de acciones monstruosas.






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