La pregunta a hacerse sería: ¿por qué Cronenberg se mantiene tan fiel a los contenidos literales de las obras que inspiran Spider y Cosmópolis, y no tanto con las que dan base al resto de sus films aquí mencionados? La diferencia fundamental entre las adaptaciones del primer grupo y las del segundo consistiría en que El almuerzo desnudo, M. Butterfly, Crash y Un método peligroso son, para Cronenberg, el resultado de una apropiación y manipulación a placer, y en virtud de sus propios interesess de obras que le atraen en primera instancia por sus posibilidades de insertar más o menos cómodamente en ellas sus obsesiones más personales e intransferibles; dicho de otro modo, las obras de Burroughs, Henry Hwan, Ballard y Hampton & Kerr son un material de partida de cara a desarrollar a partir de ellas otra cosa; y esa “otra cosa” siempre acaba siendo, indefectiblemente, muy “cronenbergiana”, tal y como puso de manifiesto en su para mí prodigiosa Un método peligroso (1). Eso no ocurre, en cambio, en Spider y sobre todo en Cosmópolis; por el contrario, la actitud de Cronenberg hacia los libros de McGrath y DeLillo es mucho más (como suele decirse) “respetuosa”; y ese respeto ha sido y está siendo fuertemente criticado por lo que tiene de aparente sumisión de Cronenberg hacia esos originales literarios, y más concretamente hacia el de DeLillo, casi como si hubiese tenido miedo de modificarlos demasiado y de apartarse en exceso de sus contenidos literales, llegándose incluso a insinuar que en estos films el cineasta canadiense muestra una actitud acomodaticia hacia dichas novelas. Comprendo que pueda verse e interpretarse así, mas me extraña que un realizador como Cronenberg pueda mostrarse a estas alturas tan cauto, temeroso o escrupuloso ante un material ajeno, o considerarse que está cediendo a un cierto “academicismo” (sambenito que lastró considerablemente la fría recepción que se le dispensó el año pasado a la, vuelvo a insistir, para mí extraordinaria y en absoluto “académica” Un método peligroso; por otro lado, iría siendo hora de que el término “academicismo” fuera perdiendo sus injustas connotaciones negativas, pero de eso ya hablaremos otro día). Mi teoría se inclina más bien a considerar que la fidelidad a los originales literarios demostrada por Cronenberg en Spider –que partía de un guión del propio McGrath— y ahora en Cosmópolis –cuyo guión firma él mismo— se debe a que el autor de Inseparables (Dead Ringers, 1988) no siente la menor necesidad de cambiar nada o casi nada de los libros de McGrath y DeLillo porque se reconoce ampliamente en ellos. Expresado de otra manera, y en resumidas cuentas, si en El almuerzo desnudo, M. Butterfly, Crash y Un método peligroso se producía una apropiación, en Spider y Cosmópolis lo que tiene lugar es un reconocimiento.
Packer es un hombre casado con Elise Shifrin (Sarah Gadon, en la película), una muchacha que le gusta porque reúne en su persona los dos elementos que le erotizan: es una rica heredera, y además está-para-follársela; semejante pragmatismo es la clave que permite comprender la distante relación personal que se da entre ellos. A ello hay que añadir que, por el camino, Packer saque tiempo para tirarse al único miembro femenino de su equipo de guardaespaldas (Kendra Hays: Patricia McKenzie); o la curiosa disparidad sexual que hay entre sus allegados más inmediatos: sus colaboradores son o bien mujeres –la ya mencionada Jane Melman, o su creadora de teorías Vija Kinsky (Samantha Morton)—, o bien hombres situados, en cierto sentido, en los dos extremos de la virilidad, el rudo supervisor de su seguridad personal Torval (Kevin Durand) y el joven y enclenque analista Michael Chin (Philip Nozuka), que al contrario que el anterior no supone competidor, ni sexual ni de ninguna otra clase, a la altura del pretencioso Packer (además del ya mencionado personaje secundario del médico –el Dr. Ingram (Bob Bainborough)— que es su único subalterno autorizado a… meterle la mano por el culo). ¿A alguien le extraña que Packer termine asesinando a Torval, el único que tiene a su lado y que podría hacerle “sombra” en ese sentido, y que lo haga además con un arma de lo más fálica: una enorme pistola que se activa susurrándole el nombre de una mujer…? ¿O que, cerca del final, el protagonista se pegue un tiro en su propia mano, como si estuviese jugando, con tal de sentir algo? En cambio –y curiosamente—, Cronenberg ha prescindido de una de las escenas sexualmente más llamativas de la novela: aquel momento en que Packer se desnuda por completo y participa así, anónimamente, en el rodaje de una escena callejera y nocturna de una película, mezclándose con cientos de figurantes asimismo sin ropa echados por el suelo como si fueran modelos del fotógrafo Spencer Tunick; es allí donde vuelve a encontrarse casualmente con Elise –tanto en la novela como en la película sus encuentros son siempre casuales—, y copula frenéticamente con ella cuando la filmación de la toma ha concluido. Puede que se debiera a que se trataba de una escena demasiado cara de montar y de rodar, o también a que su inclusión rompería el abstracto tono intimista del relato, más claustrofóbico en el caso de Cronenberg, más global y apocalíptico en el de DeLillo.
La acción del Cosmópolis de DeLillo y el de Cronenberg (sin por ello negar la paternidad del primero sobre la obra del segundo) gira en torno a una situación que, de tan simple, resulta absurda: Eric Packer quiere cortase el pelo, y quiere hacerlo en una antigua barbería situada al otro lado de la ciudad; no le sirve cualquier otra, ni que un barbero venga a pelarle en su despacho o en la misma limusina: tiene que ser esa. Por el camino, y además de las conversaciones, encuentros sexuales o ambas cosas con su esposa y sus colaboradores más cercanos, Packer se tropezará con el paso de la comitiva que acompaña al presidente de los Estados Unidos en su visita a la Gran Manzana, el funeral de una adorada estrella del rap cuyos temas son el hilo musical de uno de los dos ascensores de su lujoso apartamento, el ataque de un provocador –André Petrescu (Mathieu Amalric)— que se dedica a lanzar tartas a la cara de políticos y millonarios a modo de protesta (pero, en el fondo, con afán de notoriedad: siempre va acompañado de un equipo de fotógrafos y cámaras destinados a “inmortalizar” sus “hazañas”), así como, ya fuera de su limusina y tras su paso por la barbería, la consumación de la amenaza de alguien que quiere asesinarle y con quien mantendrá el diálogo que cerrará el relato: Benno Levin (Paul Giamatti). Vuelvo a insistir, a poco que se conozca el cine de Cronenberg no resulta de extrañar que el máximo responsable de Cosmópolis: the movie se sienta cómodo con este material tan metafórico como buena parte del sustrato de su filmografía, lo cual le da pie a construir un largometraje denso y hermético, en el cual la mayoría de los encuadres no buscan tanto crear una atmósfera claustrofóbica como lograr, mediante sencillos cortes de montaje, que los personajes que se relacionan con Packer “aparezcan” y “desaparezcan” como por arte de magia: casi nunca les vemos subir o bajar de la limusina, simplemente están ahí, a modo de juego caprichoso con el espacio y el tiempo, acaso sugiriendo –como hace DeLillo— que, para Packer, no hay nada fuera de esa limusina: de ese mundo que se ha creado a su medida. Los abundantes planos del interior de la limusina de Packer, en los cuales Cronenberg apenas disimula los falsos exteriores que se vislumbran por las ventanillas del vehículo –lo que recuerda, salvando las distancias, la secuencia del autobús de Cortina rasgada (Torn Curtain, 1966), de Alfred Hitchcock—, a ratos convierten al coche en una especie de nave espacial que recorre el espacio desolado de un extraño planeta extraterrestre sumido en el caos y la confusión. Asimismo, en la secuencia final del diálogo entre Packer y Levin, hay un momento en que el tabique de una pared divide en dos el encuadre –recordando, ahora, al Ingmar Bergman de Cara a cara al desnudo (Ansikte mot ansikte, 1976)—, de tal manera que ambos hombres parecen estar así en una especie de simbólico confesionario donde dan rienda suelta a sus demonios; igualmente, la sequedad del plano final de Cosmópolis –de nuevo, tomada del no menos seco final del libro de DeLillo— no puede menos que retrotraernos al disparo en la sien de James Woods que cerraba Videodrome. Cosmópolis me parece, en su conjunto, un film interesante aunque también enervante, sobre todo si se ha tenido ocasión de leer el libro: la obsesión de Cronenberg por plasmar casi en cada plano lo escrito por DeLillo acaba erigiéndose en un gigantesco artificio que puede resultar tan fascinante como irritante.
(1) http://elcineseguntfv.blogspot.com.es/2011/11/conocimiento-carnal-un-metodo-peligroso.html






Crúzate algún email con Quim casas porque según da a entender en su crítica de Imágenes Cronenberg descartó la escena del rodaje porque Cronenberg "desconfía de los films dentro de los films". Hay una adaptación literaria en la carrera de Cronenberg que creo que es de vital importancia; la zona muerta adaptación de la novela de Stepehen King, creo que podría darte pie a un artículo más extenso sobre las peculiaridades de este señor cuando se enfrenta a un texto literario (obviemos una historia de violencia). Por otro lado excelente artículo Valentí.
ResponderEliminarOtra criatura pretenciosa del Sr. Cronenberg (por qué no seguir el camino de 'Promesas del Este'?), perdido en sus masturbaciones capitalistas y apocalípticas disfrazadas de vampiros... Un saludo!!!
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