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jueves, 18 de abril de 2013

El estilo y la trascendencia: “TO THE WONDER”, de TERRENCE MALICK



[ADVERTENCIA: EN EL PRESENTE ARTÍCULO SE REVELAN IMPORTANTES DETALLES DE LA TRAMA DE ESTE FILM.] Cuando Paul Schrader hablaba de “estilo trascendental” en su famoso ensayo sobre Carl Theodor Dreyer, Robert Bresson y Yasuhiro Ozu, se refería básicamente al hecho de que estos realizadores eran capaces de reducir el lenguaje del cine a un grado máximo de esencialidad y, a pesar de ello (o precisamente gracias a ello), alcanzar resultados fílmicos de tan excepcional pureza que iban más allá de lo empírico y se situaban en un plano incluso espiritual. El cine de Terrence Malick está dominado, asimismo, por un anhelo de trascendencia, de tal manera que, cuando ha narrado la historia de una pareja de adolescentes perseguidos por la justicia —Malas tierras (Badlands, 1973)—, o ha evocado la América rural durante la Depresión —Días del cielo (Days of Heaven, 1978)—, la Guerra del Pacífico —La delgada línea roja (The Thin Red Line, 1998)—, y los primeros días de la conquista de América —El nuevo mundo (The New World, 2005)—, o se ha inspirado en sus propios recuerdos de infancia —El árbol de la vida (The Tree of Life, 2011)—, lo ha hecho siempre con el propósito (o la pretensión) de contar algo más. Según la definición académica, ¿qué es la trascendencia, en filosofía —materia en la cual Malick, recordemos, se licenció summa cum laude en la Universidad de Harvard—, sino aquello que está más allá de los límites naturales y desligado de ellos? Desde este punto de vista, Malas tierras sería, también, la poética evocación de una pareja de amantes malditos cuyo amor intenta superar las limitaciones del mundo que les rodea; Días del cielo, una digresión melancólica sobre una época pasada reconstruida minuciosamente en forma exterior y esencia interior; La delgada línea roja, una visión del espíritu humano cuando se enfrenta a la experiencia vital extrema que es la guerra; El nuevo mundo, una mirada sublimada sobre la primitiva América que todavía conservaba sus esencias primordiales; y El árbol de la vida, una panorámica espiritual sobre la existencia por medio del paralelismo entre los orígenes cósmicos de nuestro planeta y el quehacer cotidiano de una familia norteamericana de clase media de los años cincuenta.


Al igual que El árbol de la vida, To the Wonder (ídem, 2012) parece ser que se inspira en parte en vivencias personales de su director, quien entre 1985 y 1998 estuvo casado con la francesa Michelle Morette, y el mismo año en que se divorciaron se reencontró y unió a una antigua compañera de estudios, Alexandra Wallace, su pareja en la actualidad. Lo que cuenta la película guarda similitudes con lo explicado, si bien su argumento es extremadamente sencillo, simple incluso. Un hombre y una mujer se enamoran. Él, Neil (Ben Affleck), es norteamericano. Ella, Marina (Olga Kurylenko), es rusa, y la joven madre soltera de una niña de diez años, Tatiana (Tatiana Chiline). Se conocen en Francia: pasean por París, y visitan el castillo de Saint-Michel. Luego se marchan los tres a vivir a los Estados Unidos, a la casa que él tiene en una ciudad de provincias de Oklahoma. Al principio todo marcha bien. Se aman, juegan, son felices. Más tarde, las cosas se tuercen. Empiezan las discusiones, las broncas. El visado de Marina caduca. Infelices y decepcionadas, ella y su hija regresan a París, y dejan a Neil desolado. Pasa el tiempo. Neil conoce a otra mujer, Jane (Rachel McAdams). Vive sola y tuvo una niña que murió. Se enamoran. Nuevo ciclo de felicidad y fracaso: la relación fructifica y se consolida, pero todo vuelve a salir mal, se renuevan los encontronazos y Neil acaba de nuevo solo. Mientras tanto Marina, harta de París, harta de la soledad (su hija se ha ido a vivir con su padre), quiere regresar a los Estados Unidos. Neil accede a casarse con ella para facilitarle el visado. Vuelven a estar juntos. Vuelve a brotar el amor. Vuelve la felicidad, pero seguida también la insatisfacción, las peleas, el fracaso. Marina tiene una aventura con un amante ocasional (Charles Baker). De nada sirve: ella y Neil vuelven a separarse, en esta ocasión divorcio mediante. Otro personaje pulula por el relato: es el padre Quintana (Javier Bardem), el sacerdote católico de la iglesia del mismo pueblo donde vive Neil. Un hombre triste. Una de sus feligresas le dice que reza para que Dios le dé por fin la alegría que no tiene. El padre Quintana percibe la presencia de Dios en todo lo que ve, incluso en los pobres, los drogadictos, las prostitutas o los presidiarios que visita, pero le entristece no poder ver nunca directamente y sin cortapisas a Dios. 


To the Wonder vuelve a ser, como ya lo eran en parte La delgada línea roja y El árbol de la vida, una reflexión sobre la fe, aquí presentada de dos formas diferentes que se contraponen y hasta cierto punto se complementan la una a la otra: la fe amorosa, entendida como la creencia ciega de que el amor es un vínculo inquebrantable entre dos personas que se profesan afecto con la convicción inicial de que se querrán para siempre; y la fe religiosa, en este caso la del personaje del sacerdote que cree asimismo ciegamente en Dios, hasta el punto de que quiere creer en Él a pesar de que no pueda verle en medio de la miseria humana que presencia cada día. Como en todas sus películas anteriores, Malick busca la trascendencia. La conclusión a la que llega viene a decirnos, poco más o menos, que todas las experiencias vividas por los personajes no son sino caminos que nos llevan hacia lo trascendente; trascendencia que puede ser la religiosa en la que cree el sacerdote católico, es decir, la que se alcanza por la vía del sufrimiento y que termina conduciendo hacia Dios (recuérdese, como ya se dijo en su momento, que el tercio final de El árbol de la vida no era sino una puesta en escena de las ideas contenidas en el Libro de Job; téngase en cuenta, asimismo, que como Martin Scorsese o Paul Schrader, Malick recibió una fuerte educación religiosa durante su infancia y juventud); trascendencia que también puede verse como la que alcanzan los personajes de Neil y sobre todo Marina, entendida no en un sentido tan religioso y más cerca en cambio de un sentido moral o ético, en virtud del cual las personas maduran y crecen en función de las experiencias vividas y las enseñanzas que pueden aprenderse de ellas. A priori todo esto es muy elogiable, no tanto porque constituye un desafío en un contexto actual de cine adocenado y recorrido por el duro pragmatismo que parece haberse adueñado del mundo entero a raíz de la crisis económica de estos últimos años (solo hay que ver cómo triunfan más que nunca los films que ofrecen escapismo puro, vía comedia o un caudal de efectos visuales, o los que ofertan “finales felices”, es decir, esperanzadores); como, además, por el hecho de venir firmado por el responsable de dos de las mejores películas norteamericanas de estos últimos tres lustros, las citadas El nuevo mundo y El árbol de la vida.



A pesar de ello, y a diferencia de los mejores trabajos de Malick, en los que la trascendencia aparecía a modo de conclusión, y a la cual se llegaba como resultado de lo narrado (y sobre todo, de la manera de narrarlo), To the Wonder transmite la sensación de que se busca lo trascendente desde el principio. Es decir, que aquí la trascendencia no es, como digo, el resultado, sino el punto de partida. Esto condiciona sobremanera la puesta en escena, que como también se ha dicho puede verse como el resultado del éxito artístico de El árbol de la vida, de la cual repite buen parte de su concepción formal, y un nuevo paso en la trayectoria de un cineasta que, dejado atrás el largo impasse que supusieron los veinte años que separan Días del cielo de La delgada línea roja, se ha lanzado en estos últimos tiempos a un sorprendente frenesí creativo, garantizado en gran medida gracias a los presupuestos relativamente ajustados que maneja y por las ventajas que proporcionan las cámaras digitales ultraligeras. Téngase en cuenta, y a la espera de ver los resultados finales, que inmediatamente después de To the Wonder Malick ha concluido nada menos que otros ¡tres! largometrajes: Knight of Cups (2013), protagonizado por Christian Bale (quien era el protagonista inicialmente previsto para To the Wonder), Natalie Portman, Teresa Palmer, Cate Blanchett, Wes Bentley, Isabel Lucas, Antonio Banderas, Imogen Poots y Freida Pinto; un film sin título provisionalmente conocido en el momento de escribir estas líneas como Untitled Terrence Malick Project (2013), con Ryan Gosling, Christian Bale, Michael Fassbender, Natalie Portman, Rooney Mara, Cate Blanchett, Val Kilmer, Benicio del Toro, Holly Hunter y Bérénice Marlohe; y Voyage of Time (2014), con Brad Pitt y Emma Thompson como narradores. Ello es una versión corregida y aumentada de lo que Malick siempre ha hecho: filmar y filmar casi con frenesí, y a partir de una determinada cota de material llevar a cabo un montaje, con la diferencia de que, de la misma manera que en To the Wonder aparecen subrepticiamente imágenes ya utilizadas en El árbol de la vida (al menos así consta en sus créditos finales), sus tres nuevos proyectos rodados consecutivamente son, en el fondo, tres montajes, o si se prefiere, otras tantas versiones de un mismo macro-proyecto —de ahí que los nombres de Christian Bale, Cate Blanchett y Natalie Portman se repitan en los elencos de los dos primeros mencionados—, y cuyo sentido puede que no percibamos por completo hasta que hayamos visionado todos los eslabones que lo componen. Esa manera de trabajar explica que, como ya ocurrió por ejemplo en La delgada línea roja, de cuyo montaje definitivo para cines “saltaron” algunas de las estrellas de su reparto o vieron reducida significativamente su participación —caso este último de George Clooney—, en To the Wonder haya desaparecido del montaje para cines —y a falta de saber en estos momentos si habrá más adelante un director’s cut más extenso— la participación de figuras como Rachel Weisz, Jessica Chastain, Michael Sheen, Amanda Peet y Barry Pepper; y ya veremos cuántas de las de esos tres nuevos films “sobreviven” en los montajes que se verán cuando se estrenen.


Menciono ese frenesí porque, si bien ya se percibía en sus anteriores películas pero se hace todavía más patente en To the Wonder, esta última parece más improvisada que nunca. Desde este punto de vista, no se le puede negar sentido del riesgo a un film que, por así decirlo, renuncia explícitamente a narrar en el sentido más convencional de la expresión, de tal manera que el argumento —mínimo, ya lo hemos visto— se nos aparece más que nunca como una mera excusa para trenzar con carácter narrativo un (otro) esplendoroso carrusel de bonitas imágenes, cuya belleza, empero, resulta aquí más hueca que de costumbre en su autor, habida cuenta su tono volátil y en el borde mismo del esteticismo pueril. Supongo que no faltará quien dirá que To the Wonder es aquello que suele despacharse como un “ejercicio de estilo”, algo que jamás he tenido muy claro qué significa (el estilo se tiene o no se tiene, y si se tiene siempre se ejercita), y que suele salir a colación cada vez que un cineasta con personalidad —Malick la tiene, y guste o no, To the Wonder es indiscutiblemente personal— lleva a cabo algún experimento formal de este calibre, donde se perciben los rasgos que le caracterizan pero no se tiene demasiado claro hacia dónde se dirigen en esta ocasión. En este sentido, y cumpliendo con ese axioma no escrito en virtud del cual todos los grandes realizadores acaban firmando tarde o temprano una película que parece pensada para darles la razón a sus detractores, To the Wonder cumple con esta incómoda función en el seno de la actual filmografía de Terrence Malick.


Pese a todo, y por más que To the Wonder acabe siendo un producto insatisfactorio, no es menos cierto que incluso en sus peores momentos es un film que a ratos sugiere cosas interesantes. Como digo, Malick retoma la estrategia formal de determinados momentos de El árbol de la vida y convierte la narración en un encadenado de imágenes que, por la vía de una planificación donde abundan los encuadres en movimiento, y un montaje que a ratos crea asociaciones entre esas mismas imágenes pero que en no pocas ocasiones también parece “dejarse llevar” por cierta idea de espontaneidad que “rompe” la fluidez de lo narrado, acaba creándose así la ilusión de estar presenciando una película casi “flotante”, situada en un ambiguo plano intermedio entre lo real y lo onírico, entre el cielo y el suelo: recuérdese que estamos hablando de un film que busca desde el principio y en todo momento ser “trascendental”. Desde esta perspectiva, no me parece una mala idea el hecho de que Malick recurra a esa planificación y ese montaje para expresar sotto voce la fragilidad de las relaciones que se dan entre los personaje de Neil, Marina y Jane, acaso sugiriendo de este modo que su amor e incluso sus vidas mismas son tan fugaces e insignificantes que acaban viéndose reducidos a la nada tan pronto como se los coloca sobre el inmenso tapiz del mundo: un mundo compuesto a base de planos del cielo y de las nubes, de paisajes rurales, de campos de hierbas altas por los que silba la brisa y pacen bisontes. 



Como concepto no está mal, mas el problema es que Malick lo destroza a base de insistir en él una y otra vez a lo largo de casi dos horas de metraje, con lo cual el film acaba perdiendo densidad e interés por la vía de la reiteración. La prueba está en que, por ejemplo, los planos que ilustran los momentos de felicidad de Neil y Marina en la residencia del primero en Oklahoma tanto la primera vez que viven juntos como la segunda son perfectamente intercambiables: Olga Kurylenko hace exactamente los mismos gestos, da los mismos saltitos y abre los brazos en cruz de la misma manera en un segmento y en otro del relato. Puede alegarse en descargo del realizador que los actores tampoco dan mucho de sí, ni Kurylenko, tan hermosa como inexpresiva (por más que, desde el punto de vista del axioma godardiano según el cual toda película acaba siendo un documental sobre sus actores, To the Wonder es un completísimo reportaje para solaz de los admiradores de la actriz), ni un Ben Affleck que, al margen de la relativa madurez de sus últimos trabajos como actor (y trabajos como realizador aparte), anda aquí más perdido que nunca; solo Rachel McAdams y Javier Bardem confieren cierto peso a sus performances. Y si esa reiteración tenía el propósito de sugerir lo repetitiva que puede llegar a ser la existencia humana, el concepto sigue siendo más teórico que práctico: se agota una vez enunciado.


Desde luego que puede asimismo alegarse, a renglón seguido, que Malick no es un cineasta “práctico” (y no tiene porqué serlo), mas resulta difícil negar que, al contrario que en sus mejores trabajos, este no ofrece el caudal de sugerencias habitual en él, contentándose con ofrecer y estirar hasta la extenuación dos o tres conceptos que no dan de sí ni mucho menos. Para colmo de males, To the Wonder atesora el que me parece sin lugar a dudas el más execrable momento de toda su filmografía: esa secuencia en la que, paseando por las calles del pueblo tras su segundo reencuentro y boda con Neil, Marina escucha la insoportable perorata de su amiga Anna (Romina Mondello), que la conmina a ser libre, libre, libre…; no por casualidad, es el único momento en el que se habla más de la cuenta, y más demagógicamente, dentro de una película en la que, como viene siendo habitual en Malick, hay escasos diálogos, en su mayoría intrascendentes (la trascendencia, insisto, se sitúa en el terreno visual), y una subrepticia utilización subjetiva de la voz en off destinada a ofrecer un contraste con la imagen (en ocasiones, acertado: véase ese instante en el cual se contraponen hermosas imágenes de los paseos de Marina por París con la afirmación en over de la protagonista: “Odio París”). A pesar de todo, no faltan momentos e imágenes, estas sí, verdaderamente sugerentes: es el caso, por ejemplo, del fundido a negro que cierra el primer episodio protagonizado por Neil y Marina inmediatamente después de su separación, y cómo la imagen se abre a continuación sobre un plano de Jane, anunciando de este modo la llegada de una nueva mujer a la vida del protagonista masculino; o el plano que muestra al padre Quintana en la oscuridad y soledad de su vivienda, con la cámara en el interior de la misma, captando al unísono a una famélica mujer con aspecto de drogadicta que llama a su puerta sin que el sacerdote se vea capaz de hacerle caso, inmerso en sus dudas místicas y existenciales. Pero me parece un pobre balance viniendo del firmante de Malas tierras. Habrá que ver si, como en algunos instantes se intuye, To the Wonder no es más que la pieza de un puzzle que Knight of Cups, Untitled Terrence Malick Project y Voyage of Time podrían venir a completar, dándole su sentido definitivo.

3 comentarios:

  1. Apreciado Tomás,

    A mí, quizá lo recuerdes de una conversación, sí me ha convencido mucho la nueva película de Malick, y si bien leyendo tu crítica no hago otra cosa que apreciar y compartir el grueso de tus apreciaciones sobre el estilo de Malick, soy de la opinión -al menos así lo percibí cuando vi la película- que la dispersión sí le sienta bien al relato pues es parte de su propia naturaleza e intenciones, ese meditar en términos paralelos sobre nuestra relación con Dios y el modo en que nos enfrentamos a nuestros sentimientos hacia otra persona a lo largo de nuestra vida (o mejor dicho experiencia), algo que como bien dices no se alcanza de forma conclusiva sino que se instala como premisa, por mucho que en las primeras imágenes en aquel entorno romántico francés el relato nos ofrezca algo parecido a un prólogo, un "descubrimiento" de la pasión, sobre la que después progresarán todas esas meditaciones.

    Yo percibo el trabajo interpretativo de modo igualmente distinto, pero ello tiene más bien con las intenciones narrativas -o las que me pareció percibir-. Me parece que Affleck y Bardem actúan un poco como alter egos del cineasta, y eso se hace especialmente patente en el primero precisamente reduciendo su presencia escénica a lo mínimo, siendo casi siempre poco más que un acompañante neutro del contenido de las imágenes. Pienso que Malick no habla "de sí mismo", por así decirlo, sino que retrata "cómo ve al ser amado", de modo tal que el filme, en lo que concierne a los personajes femeninos, desvela, de forma perfectamente coherente con las obras pretéritas del cineasta, pero a mayor profundidad, un superlativo interés en acercarse en imágenes a la esencia de lo femenino, sus sentimientos, impulsos, motivaciones,... algo que dirime mediante constataciones siempre frágiles sobre las veleidades de las relaciones entre él (Affleck)y ellas, donde a menudo pesa ese elemento subjetivo (masculino) a un tiempo fascinado y desnortado, donde aletea ese ferviente deseo constante pero frustrado por la incomprensión sobre los sentimientos propios y ajenos. Elemento éste que nos dice que el camino "a lo maravilloso" es bien arduo, lo que, si se me permite, desmiente la fama de integrista que más de uno le ha colgado a Malick.

    No sabía que To The Wonder sea acaso una pieza "inconclusa" a completar por esos dos títulos venideros del cineasta, que por supuesto habrá que ver y analizar en su momento.

    Un abrazo,

    Sergi

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  2. Mi duda es extracinematográfica: ¿alguien sabe si alguna confesión religiosa está pagando las últimas películas de Malick? Me parece raro que a su edad le haya dado un ataque repentino de estajanovismo y que no tenga problemas (a pesar de su prestigio) para levantar proyectos tan poco comerciales como los tres últimos que ha estrenado.

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  3. Buenas noches a todos:

    Sergi, como siempre, tus observaciones son harto interesantes, aunque en esta ocasión discrepemos sobre Malick. El carácter "inconcluso" de "To the Wonder" no está del todo claro en estos momentos, y no se sabrá a ciencia cierta hasta que veamos sus siguientes trabajos, rodados prácticamente en continuidad.

    Carlos: sospecho, como explico en el texto, que lo que ocurre (filias religiosas aparte) es que Malick ha encontrado un sistema de trabajo que le permite manejar presupuestos medios-bajos y una gran velocidad de filmación gracias a las cámaras digitales. El cine ha cambiado mucho desde que hizo "Días del cielo", en la cual se eternizó para rodar determinados planos tan solo a determinadas horas del día porque era entonces y solo entonces cuando había la luz que le interesaba. Sea como fuere, también reconozco que no deja de resultar chocante tanta hiperactividad.

    Saludos.

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