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viernes, 12 de mayo de 2017

El planeta de los condenados: “ALIEN 3”, de DAVID FINCHER



Como ya tuve ocasión de explicar, más detenidamente, en otro lugar (1), el resultado final de Alien 3 (ídem, 1992) dependió sobremanera de sus complicadísimas circunstancias de producción. La historia de la preproducción y rodaje de esta película es sobradamente conocida a estas alturas: diversidad de guiones previos; encargo del proyecto al realizador neozelandés Vincent Ward, quien pocos años antes había firmado Navigator, una odisea en el tiempo (The Navigator, 1988 [y no 1998, como salió, por error, en el texto citado en la nota 1]), y también impregnó a su guion para Alien 3 de una trama y estética “medievales”; despido de Ward y entrada en Alien 3 de su realizador definitivo, un debutante David Fincher; una filmación marcada por los retrasos, las continuas reescrituras del libreto, el rodaje de escenas adicionales y las estrecheces presupuestarias de una major, 20th Century Fox, que no quería gastarse más dinero del que ya había invertido en las primeras fases del proyecto; y la existencia de al menos dos montajes oficiales, el de 114 minutos estrenado en cines, y el de 145 comercializado en formatos domésticos en el año 2003, ninguno de los dos supervisado por Fincher, quien, no obstante, llegó a editar una primera versión de 137 minutos. A falta de conocerla, pero viendo las dos existentes, no resulta descabellado pensar que ese primer montaje fuera la base de los otros dos.


No estoy en contra de lo que se conoce como versiones extendidas, pues entiendo que el valor de las mismas depende exclusivamente de la calidad y pertinencia del material recuperado. Del mismo modo que hay buenas y malas películas, hay buenas y malas versiones extendidas. Sin salirnos del “territorio Alien”, la versión extendida que Ridley Scott llevó a cabo de Alien, el octavo pasajero (Alien, 1979) (2), con la recuperación de la secuencia del capitán Dallas (Tom Skerritt) convertido en incubadora para nuevos Aliens, ni mejora ni desmerece el resultado que ya conocíamos. Otro tanto puede afirmarse, con matizaciones, del director’s cut de Aliens (El regreso) (Aliens, 1986, James Cameron) (3). No es el caso, como veremos en su momento, de la versión extendida de Alien: Resurrección (Alien: Resurrection, 1997, Jean-Pierre Jeunet), que a mi entender empeora el ya de por sí muy irregular resultado de este film; pero, como digo, de eso hablaremos otro día. En cambio, la versión extendida de Alien 3 –que no director’s cut, pues Fincher nunca dio su visto bueno a ninguno de los dos montajes explotados– me parece mucho mejor, más completa, interesante y matizada que el montaje estrenado en cines, irregular pero tampoco tan despreciable como se dijo.


Si, a grandes rasgos, Alien, el octavo pasajero es la descripción del proceso de evolución emocional del personaje de Ripley (Sigourney Weaver) por la vía de una soterrada madurez sexual, y Aliens, la del proceso de superación del trauma de su primera aventura a bordo de la nave Nostromo, Alien 3 puede entenderse, tal y como está planteada y resuelta, como la descripción del proceso mortuorio de la protagonista. Téngase en cuenta que, como es bien sabido a estas alturas, la película culmina con la muerte de Ripley, arrojándose a un caldero de magma ardiente a fin de inmolarse, y con ella, la cría de Reina Alien que está creciendo dentro de su pecho; que a continuación se hiciera Alien: Resurrección es algo que, naturalmente, los responsables del film no preveían en ese preciso momento. Desde sus primeros minutos, Alien 3 es una película marcada por signos de muerte. Mientras se suceden sus títulos de crédito, el montaje alterna estos últimos con una serie de rápidos encuadres: primeros planos de Ripley, durmiendo en su cámara de hipersueño, y a su lado, la pequeña superviviente de Aliens, Newt (encarnada aquí por Danielle Edmond); uno de los temibles huevos que alberga a un “facehugger”, abierto y goteando baba; ese repugnante Alien parásito trepando a una de las cámaras de hipersueño; un primer plano de la dormida Newt dentro de la suya (engañoso, habida cuenta de que no será ella la infectada por el “facehugger”); un cristal que se rompe bajo la presión del Alien parásito; planos detalle de pantallas de ordenador, de luces de alarma…; las cámaras de hipersueño son desplazadas a una cápsula de salvamento, la cual acabará amerizando en el antiguo planeta-prisión, ahora reconvertido en altos hornos, conocido como Fiorina “Fury” 161. Este arranque efectista tendrá un colofón acorde con su carácter abrupto: tras recuperar el conocimiento, Ripley descubrirá con horror que sus compañeros de viaje, la pequeña Newt y el malherido cabo Hicks de Aliens (allí, Michael Biehn), han muerto mientras dormían, la niña ahogada, el hombre atravesado por una columna de metal.


En este sentido, Alien 3 es como una carrera de fondo hacia la muerte, la cual está presente, directa o indirectamente, de forma explícita o simbólica, en la que sin duda es la aventura más sombría y pesimista, sin solución de continuidad –aunque, en la práctica, la tuviera en virtud de una cuarta película–, de la teniente Ellen Ripley. Tras descubrir una marca de corrosión de un tipo que conoce muy bien (las provocadas por el ácido flujo sanguíneo de los Aliens), Ripley le exige al Dr. Clemens (Charles Dance), médico del centro, que le deje ver el cadáver de Newt, y tras examinarlo, que le practique una autopsia. Esta secuencia, por cierto, es una de las mejores del film, macabramente bella y bellamente macabra: mediante una serie de calculados primeros planos, pasamos de la delicadeza de los dedos de Ripley acariciando la boca y el pecho de la niña muerta a los detalles del instrumental quirúrgico progresivamente manchado por la sangre de la pequeña, sugiriendo o mostrando fugazmente el horror intrínseco de lo que ocurre. De la autopsia de esa inocente, esa niña que durante un día vino a erigirse en simbólica sustituta de la ya fallecida hija biológica de Ripley (recuérdese Aliens), pasamos poco después al nacimiento de un nuevo horror, esto es, un nuevo Alien que brota del interior de un pobre animal que ha tenido la desgracia de toparse con un “facehugger” oculto en la cápsula de salvamento –en el montaje para cines, un perro; en la versión extendida, una vaca–, y que, en un nuevo montaje en paralelo, nace mientras Ripley y los habitantes del centro asisten al funeral e incineración en el magma –el mismo en el que acabará Ripley– de Newt y Hicks; en el preciso instante en que el Alien “nace”, una gota de sangre brota de la nariz de la protagonista: si, en Alien, el octavo pasajero, esa hemorragia nasal era la representación de la metafórica “desfloración” de Ripley, su paso a la madurez, aquí apunta al vínculo de sangre existente entre la heroína y el monstruo: aunque todavía no lo sabe, la primera está incubando una Reina Alien, y el segundo se negará a matarla, por más que ella se ofrezca, indefensa, para que lo haga. “Llevas tanto tiempo en mi vida, que ya ni recuerdo cómo era mi vida anterior”, afirma Ripley en presencia del depredador alienígena. Todo queda en familia.


En esta ocasión, la evolución de Ripley es muy física. Para empezar, se ve obligada a raparse la cabeza al uno, para protegerse de los piojos; pero ese corte de pelo puede verse, asimismo, como una especie de negación de su condición de mujer, la que tanto esfuerzo le costó asumir en Alien, el octavo pasajero y Aliens. A simple vista, Ripley parece uno más entre los hombres que viven en Fiorina 161: una comunidad de trabajadores, todos ellos expresidiarios que, bajo la dirección de Andrews (Brian Glover) y su ayudante Aaron (Ralph Brown), ya han cumplido sus respectivas condenas pero, incapaces de regresar a la vida civil, han preferido quedarse voluntariamente en ese planeta frío, lluvioso e inhóspito, organizándose bajo una suerte de culto religioso, de secta profana, bajo la guía espiritual de Dillon (Charles S. Dutton). Pero, a la hora de la verdad, la presencia de Ripley es una perturbación para esa comunidad que lleva años sin ver a una mujer: Clemens y Andrews la previenen para que se deje ver entre los hombres lo menos posible, mientras espera a que llegue una nave de aprovisionamiento dentro de una semana; Dillon le advierte de que cumplió condena por violar a mujeres; más adelante, la protagonista sufrirá un intento de violación. Una comunidad de la que no puede salvarse a nadie; ni siquiera al amable Clemens, quien en el pasado cometió una negligencia que supuso la muerte de varios de sus pacientes, y tras cumplir su condena en Fiorina 161 decidió permanecer allí, autocastigándose en ese planeta que parece la antesala misma del Infierno. Visión infernal de la sociedad que, de un modo u otro, anticipa las que luego mostrará Fincher en tres de sus mejores películas: Seven (ídem, 1995), El club de la lucha (Fight Club, 1999) y Zodiac (ídem, 2007). Ripley y Clemens hacen el amor, en la que es la primera y única vez en la que vemos a la protagonista de la franquicia teniendo relaciones sexuales, digamos, normales (las “anormales” son, en su caso, y como sabremos más tarde, su violación mientras dormía el hipersueño por el “facehugger” que la ha infectado); puede interpretarse, asimismo, como una especie de último favor a dos personas que están a punto de morir: Clemens, a manos del Alien, y Ripley, suicidándose.


Un aspecto que en la versión extendida está más desarrollado y trabajado que en el montaje para cines es el relativo a las connotaciones religiosas y medievales del relato. Resulta fundamental un personaje secundario que en la versión reducida veía muy reducida su importancia: Golic (Paul McGann), un demente a quien en el pasado se le imputaron varios asesinatos, y que presencia la muerte de dos de sus compañeros a manos del Alien, al cual él bautiza como “el dragón”. No cuesta demasiado ver en ello un resquicio de la imaginería medieval presente en el primer guion de Vincent Ward (quien figura acreditado como autor del argumento), así como algo que refuerza, indirectamente, la atmósfera de superstición y fanatismo religioso que impregna la parte de la trama relativa al mesiánico Dillon y sus acólitos. Una secuencia recuperada en la versión extendida es aquélla que nos muestra a Golic convertido en una especie de San Pablo que reniega de la religión más o menos “oficial” representada por Dillon y sus seguidores y que, “iluminado” por su nuevo dios (el “dragón” Alien), se pone a su servicio, liberándolo de la prisión provisional donde Ripley y sus nuevos compañeros de aventuras habían conseguido encerrarlo.


Es verdad que, a pesar de todos esos elementos de interés, Alien 3 está lejos de ser una película redonda. Los reparos existentes alrededor de sus secuencias de acción, efectistas y de una notoria fealdad visual, están justificados; en particular, el clímax del relato, la ejecución del plan desesperado que lleva a Ripley, Dillon y el resto de supervivientes del centro a servir como cebo humano al Alien, con la finalidad de encerrarlo en un tanque que se rellenará de plomo derretido, y que da pie a un festival excesivamente alargado de frenéticos planos con Steadicam desde el teórico punto de vista subjetivo del alienígena. Pero, aún con sus defectos, me parece un film más atractivo, difícil, incómodo y arriesgado que Aliens –este más agradecido, pero también más superficial–, y por descontado, mucho más que Alien: Resurrección. La excelente labor de sus intérpretes, unida a la tenebrosa fotografía de Alex Thomson y los siniestros decorados de Norman Reynolds y Michael White, contribuyen a la solidez –sobre todo, insisto, en su versión extendida– de una película de ciencia ficción de un pesimismo raro de ver en el género en estos últimos años. La partitura de Elliot Goldenthal –para mi gusto, la mejor de la franquicia: superior a la sobrevalorada de Jerry Goldsmith para Alien, el octavo pasajero, la excesivamente referencial de James Horner para Aliens, y la convencional de John Frizzell para Alien: Resurrección– contribuye sobremanera a la atmósfera tenebrosa del relato.

(1) Véase mi artículo publicado en Imágenes de Actualidad, núm. 379 (mayo 2017), sección Cult Movie: http://elcineseguntfv.blogspot.com.es/2017/04/imagenes-de-actualidad-de-mayo-2017-la.html
(3) http://elcineseguntfv.blogspot.com.es/2017/05/superar-el-miedo-aliens-el-regreso-de.html

3 comentarios:

  1. Similar decepción a la que sufrí en su día con "Alien al cubo" la he experimentado hace poco viendo "Alien Covenant". Malísima.

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  2. No sé por qué echas la culpa del fracaso de Alien 3 a la preproducción y los problemas varios del proyecto...el primer Alien tuvo más problemas (muchos más y broncas a granel entre Scott y la Fox) y salió una obra maestra....El Resplandor de Kubrick se inició sin guión y Kubrick iba escribiendo y reescribiendo cada día el horrible borrador que tenía preparado...y nadie duda de la obra maestra que salió de eso....a lo largo de la historia del cine hay obras maestras hechas al calor del delirio y la improvisación (y del meter mil manos en guión, dirección y montaje del film) solo que cuando la cosa sale mal los críticos ya tienen excusa para analizar los problemas del film...y cuando sale bien esos problemas de producción son anécdotas míticas positivas...Si tuviéramos que juzgar un film por sus problemas en la producción habría pocas películas que salvar de la quema...que Alien 3 fuera un fracaso no tuvo tanto que ver con los problemas de producción como que la gente esperaba otra cosa (o sea, más Aliens de Cameron). Las películas deprimentes y oscuras no suelen ser rompetaquillas...y ese fue el mayor problema de ALien 3...los chavales de la época no les pareció excitante el film....

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    1. Al menos está claro que la culpa no fue de Fincher, que demostró su valía con "Seven" a la siguiente oportunidad.

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