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jueves, 12 de octubre de 2017

Mi libro sobre “HARRY EL SUCIO”, a la venta en AMAZON



Antes de su inminente distribución en librerías de toda España, mi libro sobre Harry el sucio (Dirty Harry, 1971), de Don Siegel (1), escrito para la colección Guías para Ver y Analizar de la editorial Nau Llibres, ya se encuentra a la venta en Amazon:



(1) http://elcineseguntfv.blogspot.com.es/2017/08/mi-nuevo-libro-harry-el-sucio.html

“DIRIGIDO POR…” de OCTUBRE 2017, a la venta



La crónica del Festival de Venecia, donde La forma del agua (The Shape of Water, 2017), de Guillermo del Toro, se alzó con el León de Oro, y que firma Víctor Esquirol Molina, es el principal tema de portada del núm. 481 de Dirigido por… Otras crónicas de destacados festivales que aparecen en este número son las de San Sebastián, firmada por Antonio José Navarro, y Toronto, que rubrica Marc Servitje.


En la portada también se destaca el dossier en una sola entrega dedicado a la Revolución soviética. 100 años, compuesto por el artículo La revolución de Octubre o el nacimiento del cine moderno (Antonio José Navarro), y las antologías de Los bateleros del Volga, de Cecil B. De Mille (Aarón Rodríguez Serrano), La madre, de Vsevolod Pudovkin (Quim Casas), El fin de San Petersburgo, de Vsevolod Pudovkin (Óscar Brox), Octubre, de Serguei M. Eisenstein (Diego Salgado), Arsenal, de Aleksandr Dovzhenko (Quim Casas), Rasputín y la zarina, de Richard Boleslawski (Aarón Rodríguez Serrano), Tchapaief, el guerrillero rojo, de Georgi y Sergei Vasilyev (Antonio José Navarro), La condesa Alexandra, de Jacques Feyder (Ramon Freixas & Joan Bassa), Anastasia, de Anatole Litvak (escrita por un servidor), El cuarenta y uno, de Grigori Chujrai (Tonio L. Alarcón), Doctor Zhivago, de David Lean (Óscar Brox), Los rojos y los blancos, de Miklós Jancsó (Ramon Freixas & Joan Bassa), Nicolás y Alejandra, de Franklin J. Schaffner (Diego Salgado), Rojos, de Warren Beatty (también escrita por mí) y Chekist, de Aleksandr Rogozhkin (Antonio José Navarro).


Otros contenidos destacados en la tapa son las críticas de Blade Runner 2049 (ídem, 2017), de Denis Villeneuve, que comenta Diego Salgado; Madre! (Mother!, 2017), que aborda Antonio José Navarro y se complementa con una entrevista con su director, Darren Aronofsky; y los comentarios, para la sección TV, de los episodios 12 a 18 de la tercera temporada de Twin Peaks (ídem, 2017), de David Lynch, de nuevo reseñados por Quim Casas, y de la séptima temporada de Juego de tronos (Game of Thrones, 2011- ), que comenta un servidor de ustedes.


Otros contenidos son las extensas reseñas dedicadas a Morir (2017), de Fernando Franco (Israel Paredes Badía) y Sin amor (Nelyubov, 2017), de Andrei Zvyagintsev (Quim Casas), así como las de La región salvaje (2016), de Amat Escalante (Quim Casas), La cordillera (2017), de Santiago Mitre (Quim Casas), La suerte de los Logan (Logan Lucky, 2017), de Steven Soderbergh (Quim Casas) y Handia (2017), de Aitor Arregi y Jon Garaño; la sección Flashback, con el comentario de El ladrón de Bagdad (The Thief of Bagdad, 1924), de Raoul Walsh, a cargo de Juan Carlos Vizcaíno Martínez, con motivo de su reciente edición en formato doméstico; y las secciones Opinión, con el artículo Reflexiones sobre la Nueva Cinefilia. Parte 1/3 (Antonio José Navarro); Críticas, con comentarios de otros estrenos; Cine On-Line, con comentarios de Quim Casas, Roberto Alcover Oti y Joaquín Torán; Libros, con reseñas de novedades editoriales a cargo de Ramon Freixas, Quim Casas, Israel Paredes Badía y Óscar Brox; Banda Sonora, de Joan Padrol; y Cinema Bis, que incluye un comentario de Satanik (ídem, 1967), de Piero Vivarelli, a cargo de Ramon Freixas.


Contribuyo a este número, como ya he avanzado, con un par de antologías para el dossier Revolución soviética. 100 años: las dedicadas a Anastasia y Rojos.


También, como asimismo he avanzado, comento la séptima temporada de Juego de tronos.


Finalmente, firmo las críticas de It (ídem, 2017), de Andy Muschietti…


La niebla y la doncella (2017), de Andrés M. Koppel…


…y The Limehouse Golem (ídem, 2016), de Juan Carlos Medina.


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martes, 3 de octubre de 2017

Terrores acuáticos (y 2): “CAGE DIVE”, de GERALD RASCIONATO



[ADVERTENCIA: EN EL PRESENTE ARTÍCULO SE REVELAN IMPORTANTES DETALLES DE LA TRAMA DE ESTE FILM.] Hagamos un poco de historia. En 2003 se estrenaba Open Water (ídem), escrita y dirigida por Chris Kentis, una producción de tan solo 120.000 dólares de presupuesto que, gracias a su distribución a cargo de Lionsgate, logró amasar la nada despreciable cifra de 55 millones de dólares en todo el mundo (y eso a pesar de su patente mediocridad). Tres años después llegaba a nuestros cines la producción alemana rodada en lengua inglesa A la deriva (Adrift, 2006, Hans Horn), que si bien parece ser que su guion había sido escrito antes que el de Open Water (1), se estrenó en algunos países como Open Water 2: Adrift, con vistas a aprovechar el éxito del film de Kentis. Llegamos así a la producción australiana que aquí nos ocupa: Cage Dive (Gerald Rascionato, 2017), también conocida como Open Water 3: Cage Dive, con vistas, asimismo, de aprovechar los ecos de aquel primer éxito, por más que las tres películas no forman parte de franquicia de producción alguna –son de productoras y nacionalidades diferentes–, si bien es verdad que han sido distribuidas en los EE.UU. por Lionsgate, auténtica responsable de esta “saga”.


Open Water giraba en torno a la trágica odisea de una pareja que, practicando el submarinismo, acababa abandonada a su suerte flotando en alta mar y a merced de los tiburones. A la deriva glosaba la grotesca situación de un grupo de hombres y mujeres jóvenes que cometían la estupidez de arrojarse al mar desde su yate sin antes haber colocado la escalerilla de seguridad para subir de nuevo a bordo, exponiéndose a la muerte. Cage Dive narra las peripecias no menos dramáticas de otros tres jóvenes, dos hermanos, Jeff (Joel Hogan) y Josh (Josh Potthoff), y una chica novia del primero, Megan (Megan Peta Hill), que asimismo acaban flotando accidentalmente en medio de una zona del océano infestada de tiburones blancos. De hecho, Cage Dive también recuerda, y mucho, a la reciente A 47 metros (47 Meters Down, 2016, Johannes Roberts) (2), con la que coincide, además de en el lazo fraterno existente entre sus protagonistas, en la presencia de una jaula de protección para observación submarina de tiburones (cage dive), dentro de la cual se hallan Jeff, Josh y Megan cuando se produce la catástrofe que les deja a merced de los elementos.


A diferencia del resto de películas citadas, Cage Dive es la enésima variante del cine de terror found footage que, desde sus primeras imágenes, se presenta a sí misma como un “documental” elaborado a partir de un material videográfico “encontrado”, y filmado en primera persona por los protagonistas de la historia. Qué duda cabe que El proyecto de la bruja de Blair (The Blair Witch Project, 1999, Daniel Myrick y Eduardo Sánchez) es, en este sentido, la peor película fantástica más influyente de la historia del género, generadora de una larga descendencia que resulta ocioso mencionar. Cage Dive no disimula en ningún momento su condición de found footage sin más aspiración de ser lo que es ya desde el principio, mostrándonos el supuesto proceso en virtud del cual fue hallada en el fondo del océano la videocámara de Josh, así como entrevistas con supuestos testigos de los hechos narrados en el film que se van insertando subrepticiamente en medio de la acción; todo lo cual se muestra en plan “material adicional añadido”, y resulta tan falso como el resto del metraje.


El problema es que Cage Dive adolece del defecto endémico de las películas citadas en estas líneas, y de otras del estilo de la simpática aunque sobrevalorada Infierno azul (The Shallows, 2016, Jaume Collet-Serra) (3) y la insuficiente 12 Feet Deep (Matt Skandari, 2016) (4): antes de llegar al planteamiento de su “situación límite”, y a pesar de su corta duración –80 minutos–, el film coescrito y dirigido por Gerald Rascionato se hace largo, muy largo. Sobre todo, en sus aproximadamente 30 primeros minutos, sin duda alguna los peores, dedicados a irnos presentando los personajes (que carecen del más mínimo interés), y cómo funcionan las relaciones entre ellos (que no pueden estar dibujadas de una manera más burda y simplona). Pese a todo, hay en esa primera media hora una idea que presenta ciertas posibilidades expresivas, por más que al final no se aprovechen. Jeff utiliza la videocámara de su hermano Josh para grabarse a sí mismo confesando que piensa regalarle a Megan un anillo de compromiso; Jeff intenta esconder la cámara, justo en el momento en que Josh entra en la habitación, y se va; al rato, es Megan la que entra en la estancia, Josh la besa y la joven no le rechaza… Más tarde, dándose cuenta de que la videocámara ha registrado su conato de infidelidad con Megan, Josh trata de distraer a Jeff para que no mire su portátil, justo cuando el ordenador está reproduciendo la escena que constituye la prueba de su delito. El momento, empero, resulta más (involuntariamente) cómico que tenso.


Más adelante, hay otro plano logrado, a pesar del modesto nivel de producción: el encuadre, tomado desde el punto de vista subjetivo de la videocámara de Josh, que nos muestra a la ola gigante que vuelca el barco que transportaba la jaula para tiburones y a otros pasajeros, y que pasa, sin cortar, del espectacular golpe de mar precipitándose sobre la embarcación a la imagen submarina de esta última y del resto de personas debajo del agua. A partir de aquí, poco más de bueno se puede decir de esta película cuyo escaso interés empieza y acaba mediante la simple exposición de su planteamiento argumental y formal. Siempre desde el punto de vista de la videocámara, que va cambiando de ángulo en virtud de si empuña la misma Jeff o Josh, el resultado es tedioso tanto en lo que se refiere a las escenas que transcurren a la luz del día, como aquéllas que –en una nueva referencia, tampoco particularmente original, a El proyecto de la bruja de Blair– se desarrollan de noche y, en consecuencia, están filmadas en verdosa visión nocturna. Sin sustancia dramática alguna –huelga decir que la previsible discusión entre los hermanos a consecuencia de la infidelidad del uno con la novia del otro carece del menor relieve–, lo único que impide que el aburrimiento se apodere por completo de la pantalla son las escenas, hábiles pero fugaces, de los ataques de los tiburones, siempre contempladas desde el punto de vista de la videocámara; o un momento de cierta crueldad: como consecuencia de una (otra) estúpida discusión, Jeff, Josh y Megan incendian accidentalmente con una bengala la lancha salvavidas neumática a la que han conseguido encaramarse… y, con ella, a la desdichada mujer que se encontraba dentro de ella, y a la que han recogido un rato antes, aterida e inconsciente, flotando en alta mar. El golpe de efecto con el que se cierra el film –el ataque del tiburón “comiéndose” la cámara– tampoco resulta para nada memorable.

(1) Eso afirma la página del film en Wikipedia (consulta del 3 de octubre de 2017): https://en.wikipedia.org/wiki/Open_Water_2:_Adrift
(4) http://elcineseguntfv.blogspot.com.es/2017/09/terrores-acuaticos-1-12-feet-deep-de.html

viernes, 29 de septiembre de 2017

Terrores acuáticos (1): “12 FEET DEEP”, de MATT SKANDARI



[ADVERTENCIA: EN EL PRESENTE ARTÍCULO SE REVELAN IMPORTANTES DETALLES DE LA TRAMA DE ESTE FILM.] El planteamiento de esta pequeña producción coescrita y dirigida por Matt Skandari, conocida con el título de 12 Feet Deep (2016) y subtitulada Trapped Sisters, no puede menos que recordarnos al de la reciente, y también modesta, A 47 metros (47 Meters Down, 2017, Johannes Roberts) (1). Si esta última giraba alrededor de la odisea de dos jóvenes hermanas de vacaciones por México que, de manera accidental, acababan en el fondo del océano, atrapadas dentro de una jaula de protección contra tiburones, a riesgo de morir ahogadas tan pronto se acabara el aire de sus equipos de submarinismo o de ser devoradas por los escualos, las protagonistas de 12 Feet Deep también son un par de hermanas que sufren un accidente más, digamos, cotidiano. La acción transcurre en una piscina pública a donde han ido a nadar Bree (Nora-Jane Noone) y Jonna (Alexandra Park). Llegada la hora de cierre del establecimiento, el antipático encargado del mismo (nada menos que Tobin Bell) tapa la piscina con la cubierta automática de fibra de vidrio de la misma, dejando atrapadas por descuido bajo la misma a las hermanas.


A partir de ese momento, Bree y Jonna deben unir fuerzas para sobrevivir al menos durante una noche dentro de la piscina, aprovechando para respirar el medio metro escaso de espacio libre entre la superficie del agua y la cubierta, y haciendo frente a numerosos peligros: el cansancio, el frío, el riesgo de ahogamiento o la creciente posibilidad de que Bree caiga en un coma diabético si no se inyecta su insulina en las próximas horas. Un planteamiento en torno a una “situación límite”, que asimismo recuerda vagamente al de la sobrevalorada película de Rodrigo Cortés Buried (ídem, 2010) (2), y que al igual que ocurría con esta última, apenas da para un corto o un mediometraje, algo que en el caso de 12 Feet Deep se nota, y mucho, en los ímprobos esfuerzos de Matt Skandari y su coguionista, Michael Hultquist, para alargar dramáticamente la trama con vistas a que alcance los 85 minutos que dura el film, créditos incluidos.


La trama se “infla”, por así decirlo, introduciendo varios elementos. El primero es de tipo psicológico, pues el cautiverio de las protagonistas es la excusa dramática para que ambas salden deudas de su pasado. Bree, que tiene un prometido con el cual ha hecho planes de boda (David: Christian Blackburn), le reprocha a Jonna sus problemas con las drogas que todavía no parece haber superado por completo (antes de verla entrar en la piscina, vemos que Jonna esconde una pequeña inyección en la guantera de su coche). Y Jonna le echa en cara a Bree sus “sermones” y la aparente actitud de indiferencia demostrada hacia el padre de ambos, un alcohólico violento que murió quemado y al cual Bree también intentó, aparentemente, salvar (de ahí las vistosas cicatrices de quemaduras que todavía conserva en un brazo). En segundo lugar, se presenta a un nuevo personaje, Clara (Diane Farr), la demente encargada de la limpieza y una delincuente en libertad condicional que se aprovecha de la situación de las hermanas para intentar sacar tajada de la misma; pero, además de un recurso dilatorio destinado, como digo, a estirar el film hasta una duración estándar, algo que se nota en demasía, resulta tan forzado y poco verosímil como el resto del conjunto. También hay un “falso final feliz” en forma de sueño que recuerda al doble twist de la mencionada A 47 metros.


Todo eso, y otras revelaciones que irán saliendo a la luz, carecen en sí mismas consideradas del menor interés, más allá de proporcionarles “carne” y juego dramático a las actrices que interpretan a las protagonistas, y cuya buena labor es sin duda alguna uno de los pocos puntos positivos de la película. De hecho, y por más que a simple vista pueda no parecerlo, 12 Feet Deep está más cerca, por temática y por resolución, por forma y por fondo, del melodrama de introspección psicológica que del thriller. Pese a todo, son las escenas de “suspense” las que impiden que el film se desplome por completo, y no porque sean particularmente brillantes, sino porque al menos introducen dinamismo en lo narrado. Momentos como el de las hermanas buceando en el fondo de la piscina para recuperar el anillo de compromiso de Bree, mientras el encargado cierra la cubierta sobre ellas; sus intentos de ensanchar un agujero en esa misma cubierta usando un trozo de plástico a modo de sierra; la escena en la que Clara las atormenta conectando la salida de cloro, amenazando con ahogarlas, o desconectando el agua caliente, para que mueran heladas; o sus esfuerzos por arrancar una rejilla metálica del fondo de la piscina y usarla para ensanchar el agujero a golpes, resultan cuanto menos efectivos, pero tampoco consiguen remontar la discreta calidad de una película que se ve y se olvida con facilidad.

(2) http://elcineseguntfv.blogspot.com.es/2010/10/formas-actuales-del-cine-espanol-1.html

“IMÁGENES DE ACTUALIDAD” de OCTUBRE 2017, a la venta



Thor: Ragnarok (ídem, 2017, Taika Waititi) es la película de portada del núm. 383 de Imágenes de Actualidad, que este mes estrena estética renovada. Su reportaje se complementa con una entrevista con su protagonista, Chris Hemsworth, y un artículo dedicado al gran Jack Kirby. Rey de los cómics.


Otros films destacados son Blade Runner 2049 (ídem, 2017, Denis Villeneuve), que se complementa con entrevistas con sus protagonistas, Ryan Gosling, Harrison Ford y Ana de Armas, y el artículo 10 cosas que deberías saber sobre… Philip K. Dick; Madre! (Mother!, 2017, Darren Aronofsky), que se complementa con una entrevista con su protagonista masculino, Javier Bardem; y, dentro de la sección Series TV, los reportajes de Stranger Things T.2, los largometrajes Nosotros en la noche (Our Souls at Night, 2017, Ritesh Batra) y Amor carnal (The Bad Batch, 2017, Ana Lily Amirpour), y Inhumans T.1.


El número también atesora reportajes de La suerte de los Logan (Logan Lucky, 2017, Steven Soderbergh); Annabelle: Creation (ídem, 2017, David F. Sandberg); La montaña entre nosotros (The Mountain Between Us, 2017, Hany Abu-Assad); La piel fría (Cold Skin, 2017, Xavier Gens), que se complementa con el retrato de su protagonista femenina, Aura Garrido; El secreto de Marrowbone (Marrowbone, 2017, Sergio G. Sánchez); y El castillo de cristal (The Glass Castle, 2017, Destin Daniel Cretton). Y las secciones Además…, con otros estrenos del mes; News; Stars; Hollywood Babilonia, de Héctor Adama; Hollywood Boulevard, de Ramón Cudeiro; ¿Sabías que…?, del profesor Moriarty; Se rueda, de Boquerini; Diccionario Fantástico, del Dr. Cyclops; Críticas; Libros, de Óscar Brox; y BSO y DVD & Blu-ray, de Miguel Fernando Ruiz de Villalobos.


El Cult Movie de este mes rinde homenaje al malogrado George A. Romero comentando una de sus más famosas películas: Zombi (Dawn of the Dead, 1979): “una tan atractiva como irregular mezcla de buenas ideas y brocha gorda, una extraña combinación de excelentes conceptos de guión y puesta en escena que se codean con una realización a ratos torpe y desmañada, que da como resultado momentos de un notable feísmo visual que no siempre parece premeditado. La película de George A. Romero que nos ocupa hace gala de una “estética de subproducto” que, a simple vista, puede mover al rechazo. Y si al final no es así se debe a que, debajo o acompañando a esa fealdad, hay un muy interesante film que define, quizá mejor que ningún otro, el estilo de su autor”.


Mi contribución a este número se cierra con un par de críticas: la de la excelente Barry Seal: El traficante (American Made, 2017, Doug Liman)…


…y la de la divertida pero olvidable El otro guardaespaldas (The Hitman’s Bodyguard, 2017, Patrick Hughes).


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sábado, 23 de septiembre de 2017

La ley al oeste del Pecos: “EL FORASTERO”, de WILLIAM WYLER



[NOTA PREVIA: COMO COMPLEMENTO AL “DOSSIER” DEDICADO A WILLIAM WYLER QUE HA PUBLICADO “DIRIGIDO POR…” ENTRE LOS MESES DE JULIO Y SEPTIEMBRE (Y, CON FRANQUEZA, PORQUE ME DA PEREZA PERDER EL TIEMPO HABLANDO DE “KINGSMAN: EL CÍRCULO DE ORO”), RECUPERO AQUÍ, LIGERAMENTE REVISADO, ESTE VIEJO TEXTO MÍO SOBRE ESTE FILM.]


A pesar de su abundante producción de westerns mudos en los inicios de su carrera (siete largometrajes y dos docenas de films de dos bobinas realizados entre 1925 y 1928), y de sus diversas contribuciones al género durante la década de los treinta, William Wyler no suele ser mencionado entre los cineastas fundamentales del western. Lejanos ya los tiempos en que fue considerado el mejor realizador del Hollywood clásico (¿recuerdan el famoso “¡abajo Ford, viva Wyler!”?), para a continuación ser defenestrado excesivamente por las nuevas generaciones de críticos, Wyler parece no casar bien con el western. El suyo es un cine, por lo general, de interiores. Espacios cerrados, atmósferas opresivas y situaciones melodramáticas resueltas, por así decirlo, “a puerta cerrada”, configuran las líneas maestras de un estilo al que se mantuvo fiel prácticamente a lo largo de toda su carrera, incluidas sus incursiones en el terreno de la superproducción de gran aparato: su versión de Ben-Hur (ídem, 1959) posiblemente sea, todavía hoy, el espectáculo hollywoodiense más intimista que se haya realizado. 


En El forastero (The Westerner, 1940), posiblemente el mejor western sonoro de Wyler junto con Horizontes de grandeza (The Big Country, 1958), abundan las escenas en interiores, por más que a la película no le falten momentos en exteriores (alguno de ellos tan brillante como el del incendio de los campos de cultivo de los colonos, acaso obra de Lewis Milestone, quien intervino en este film en calidad de director de segunda unidad). Yendo más lejos, hasta en esas escenas en exteriores Wyler planifica mediante encuadres cerrados, en ocasiones colocando a los intérpretes frente a sobreimpresiones del paisaje para aislarlos del entorno natural en el que se encuentran. Esta manera de planificar obedece a una intención que introduce un determinado sentido al relato. Veamos: El forastero gira básicamente en torno a la contraposición de dos caracteres enfrentados y, al mismo tiempo, complementarios: el de Cole Hardin (Gary Cooper), personaje que, tanto por su descripción como por la presencia del astro que lo encarna, representa al héroe clásico del western silente y de principios de los treinta; y el “juez” Roy Bean (Walter Brennan), figura que aun siendo una aproximación abstracta, convenientemente dramatizada, del Roy Bean histórico, constituye un valioso precedente de futuros personajes del género: hombres rudos, temerarios y a veces crueles que luchan por mantener una cierta noción de orden, de “civilización”, en una tierra árida donde impera la ley del más fuerte. Un personaje que anuncia otros como, por ejemplo, el patriarca Clanton de la fordiana Pasión de los fuertes (My Darling Clementine, 1946), no por casualidad encarnado por el mismo actor, el gran Walter Brennan.


El forastero jugó un papel determinante en la evolución del western al contraponer dos arquetipos del género hasta ese momento de lo más clásicos, el héroe noble y sin mácula (modelo Bronco Billy, Río Jim o Tom Mix), y el villano sucio y sin escrúpulos, poniendo de relieve tanto sus diferencias como sobre todo sus semejanzas. Bean ha erigido su pequeño feudo de terror nombrándose a sí mismo juez, inventándose sus propias leyes y aplicándolas a su libre albedrío, por lo general con el mismo resultado: condenando a la horca a todo ladrón de caballos, y a cualquier infractor de la ley: su ley (“la ley al oeste del Pecos”, como proclama con orgullo el cartel que decora la entrada de la cantina que utiliza como tribunal). A su pueblo llega Cole Hardin, que es detenido y llevado ante Bean por montar un caballo que no es suyo, lo cual hace recaer sobre él sospechas de haberlo robado, por más que Hardin jure que le compró el animal a otro hombre. No puede haber, a priori, personajes más antitéticos. Sin embargo, Hardin logra ganarse las simpatías de Bean y posponer su ejecución el tiempo suficiente hasta que aparece el auténtico ladrón del caballo y demuestra así su inocencia: Bean es un fanático admirador de una hermosa actriz de music-hall, Lily Langtry (Lillian Bond), a la que no ha visto nunca, y Hardin consigue distraer su atención haciéndole creer que él sí ha conseguido verla actuar y que, además, guarda como un tesoro un recuerdo de la misma: un mechón de sus cabellos.


Surge de este modo una extraña complicidad entre ambos hombres que pone de relieve que, en el fondo, no hay tanta diferencia entre ellos como pueda parecer a simple vista: los dos son supervivientes que tienen en común su habilidad para adaptarse a las circunstancias mediante la mentira y la impostura. De ahí que, sobre todo en su primera mitad, la película describa la complicidad que existe entre ellos, no exenta de cierta precaución (Hardin y Bean nunca dejan de vigilarse el uno al otro), recalcando el humorismo de las situaciones: Bean escucha con embeleso las patrañas que Hardin le suelta sobre Lily Langtry, le invita a beber y, al día siguiente, se despiertan juntos en el mismo camastro (sic). Consciente de que el meollo del relato gira en torno a ese contraste de caracteres, Wyler planifica el film “a puerta cerrada”, confiando en el juego de los actores y descargando el dibujo psicológico de los personajes en el peso de los detalles: resulta impagable ese momento en que Hardin le enseña a Bean un supuesto mechón de los cabellos de Lily Langtry, en el que el realizador conjuga la labor de sus intérpretes –la lacónica ironía de Gary Cooper y la matizada performance de un magistral Walter Brennan– con el sarcasmo de la situación: el mechón ni siquiera es de Lily Langtry, sino de Jane-Ellen (Doris Davenport), la hija de unos colonos de la que Hardin está enamorado.



Tampoco es ocioso señalar que, con esa manera “cerrada” de planificar, Wyler pone de relieve un segundo gran aspecto del relato: la imposibilidad de que Hardin y Bean, representantes de dos mundos condenados a desaparecer (el romántico héroe de las praderas y el cacique que hace y deshace las cosas a su antojo), puedan ser amigos eternamente. Dicho de otro modo, el artificio de la puesta en escena del realizador está en consonancia con el artificio de la amistad que vincula a ambos hombres, y que indefectiblemente acaba rompiéndose: Hardin, enamorado de Jane-Ellen, se pone del lado de los colonos a los que Bean acosa y termina haciéndole frente. La excelente resolución del relato está en consonancia con este planteamiento: Hardin y Bean pelean a muerte en un teatro, decorado ideal para mostrar el ajuste de cuentas entre dos arquetipos destinados a desaparecer, el primero evolucionando –Hardin dejará de vagabundear por las praderas y se convertirá en colono–, el segundo muriendo: Bean acude a la última representación teatral de su vida vestido con uniforme confederado, símbolo de un pasado desaparecido, y morirá no sin antes ver, con su último aliento, a su amada Lily Langtry. Muerte que Wyler visualiza con un fundido en negro, desde el punto de vista subjetivo de Bean, que pone de relieve sus simpatías hacia tan amargo personaje.

martes, 19 de septiembre de 2017

La noche más larga: “DETROIT”, de KATHRYN BIGELOW



[ADVERTENCIA: EN EL PRESENTE ARTÍCULO SE REVELAN IMPORTANTES DETALLES DE LA TRAMA DE ESTE FILM.] El planteamiento general de Detroit (ídem, 2017), es decir, todo lo que concierne a sus puntos de vista temáticos, narrativos y formales, no se encuentra lejos del que hemos visto no hace mucho en otra producción norteamericana que, al igual que esta, se presenta como una reconstrucción de hechos históricos, o si se prefiere, hechos reales: Día de patriotas (Patriots Day, 2016) (1). En ambos casos, sus respectivos realizadores, Kathryn Bigelow y Peter Berg, adoptan la técnica cinematográfica usualmente conocida como “estilo documental” o “estética de documental” (nada novedosa, por otro lado) con vistas a lograr que lo que se muestre en pantalla provoque en el espectador la sensación de estar presenciando algo “realista”, o mejor dicho, cercano a la realidad (o, mejor aún, a un determinado concepto estereotipado de lo que se supone es la realidad, la cual, no lo olvidemos, puede ser tanto algo absoluto, objetivo, como relativo, subjetivo). “Efecto realidad” que se incrementa, si cabe, mediante la subrepticia inserción de auténticas imágenes documentales de los hechos históricos reconstruidos, diluyendo las fronteras entre ficción y no ficción.


Detroit arranca con una serie de rótulos didácticos destinados a ubicar al público en el contexto histórico de los hechos que reconstruye; en este caso, la situación social y económica de la población afroamericana en los Estados Unidos, los disturbios raciales que tuvieron lugar en la ciudad norteamericana del título entre el 23 y el 25 de julio de 1967, y más concretamente, el siniestro incidente que aconteció en el motel Algiers la noche del 25 al 26 de julio. Dichos rótulos están superpuestos sobre una serie de dibujos y pinturas de estilo más bien naíf, que en cierto sentido anticipan el tono que va a presidir un relato narrado, asimismo, a base de fuertes contrastes de colores y poniendo el acento en el carácter colectivo de una trama protagonizada, de hecho, por multitud de personajes. Unos personajes descritos, asimismo, mediante pinceladas sencillas (que no simples), pero eficaces, con vistas a crear así, como suele decirse, un tapiz social, o dicho de otro modo no menos frecuente, con la finalidad de establecer así una visión de conjunto sobre lo ocurrido en Detroit en aquella aciaga época. Bigelow, que mal que pese a sus exégetas siempre ha sido muy torpe a la hora de dibujar perfiles psicológicos, aquí hace gala de un estupendo sentido del relato coral, o si se prefiere, del dibujo de una colectividad. De este modo, Detroit corrobora algo que siempre he echado en cara a su cine: su nula capacidad para crear, de forma individual y personalizada, personajes con una psicología consistente: basta con echar la vista atrás, con ojo crítico y dejando a un lado embelesamientos esteticistas que no llevan absolutamente a ninguna parte, sus dos anteriores (y horribles) En tierra hostil (The Hurt Locker, 2008) (2) y La noche más oscura (Zero Dark Thirty, 2012) (3). Un mal, no obstante, endémico en el conjunto de su filmografía, con la relativa excepción de una película que, por ese mismo carácter de relato coral, de retrato colectivo, no era del todo mala: K-19: The Widowmaker (ídem, 2002).


Tras los créditos, la primera gran secuencia de Detroit tiene lugar en una calle del barrio negro de la ciudad, y se ubica alrededor de una imprenta donde no, no se están imprimiendo papeletas y carteles electorales para un referéndum, sino que se está celebrando algo, si cabe, más subversivo: una fiesta. Fiesta que interrumpe la llegada de la policía, formada no solo por agentes blancos sino también por algunos afroamericanos; de hecho, uno de ellos –en lo que puede verse como un guiño a Contra el imperio de la droga (The French Connection, 1971, William Friedkin)– finge interrogar brutalmente a otro hombre negro dentro de una habitación a puerta cerrada, pero en realidad este último es un confidente infiltrado que informa puntualmente al interrogador. La escena, además de poderse interpretar como una referencia al con justicia muy reivindicado cine policíaco norteamericano de la década de los setenta, establece, en cierto sentido, una pauta narrativa. Del mismo modo que, como acabamos de ver, el agente de policía negro finge un interrogatorio violento con la finalidad de impresionar a los presentes en la fiesta que han sido sorprendidos en plena redada, más adelante, y en la que será la secuencia más larga y crucial del film, tres agentes de policía llevarán más lejos, y de una manera más radical, dicha “técnica de interrogatorio”.


Desde luego que la referencia a la mencionada “técnica de interrogatorio” puede entenderse, también, como un eco de las tristemente célebres “técnicas” llevadas a cabo en Iraq por otra clase de hijos de la gran puta, en este caso de la CIA y del ejército norteamericano, con lo cual Detroit conectaría con el contexto de las mencionadas En tierra hostil y La noche más oscura. Sea como fuere, hay que reconocer, en honor a la verdad, que la mencionada gran secuencia de la película, el largo bloque que transcurre en el motel Algiers, y sobre todo, las tensas escenas que giran alrededor del interrogatorio de varios hombres negros –entre ellos, el cantante de The Dramatics Larry (Algee Smith), su amigo Fred (Jacob Latimore) y el veterano de Vietnam recién licenciado (Anthony Mackie)– y dos chicas blancas –Julie (Hannah Murray) y Karen (Kaitlyn Dever)–, a manos de tres despiadados policías blancos –Krauss (Will Poulter), que es quien lleva la iniciativa, Flynn (Ben O’Toole) y Demens (Jack Reynor)–, son de lejos lo mejor y más (terriblemente) bello que Bigelow haya filmado jamás. Pero si todo este bloque funciona no es solo por méritos propios, que los tiene, sino también porque la realizadora aquí hace gala de una hasta la fecha insólita habilidad para construir una trama que funciona por impregnación, de manera que, llegados a este punto, el espectador ha visto, y asumido previamente, una serie de situaciones que han ido “preparándole” hasta llegar a ese punto culminante.


Señalo al respecto, además de la mencionada secuencia de la redada en la imprenta, y de qué modo la disolución de la fiesta acaba derivando en un motín callejero por parte de la población negra (revuelta de la cual se muestran todos sus aspectos más críticos: tanto la brutalidad de la policía blanca sobre los negros… y cómo algunos de estos aprovechan el revuelo para saquear algunas tiendas), a lo cual añado, como digo, momentos como la secuencia de la evacuación del teatro donde The Dramatics están a punto de cantar, la cual concluye con un logrado apunte emotivo: Larry, la principal voz del grupo, sale al escenario a pesar de que el teatro ha sido desalojado de público por completo, y se pone a cantar ante el teatro vacío, en un arranque de orgullo e ingenuidad combinados. Destaca, asimismo, la brillante secuencia en la que Krauss persigue y mata por la espalda a un sospechoso, negro, de haber cometido un saqueo. También funciona bien la presencia de un personaje teóricamente secundario, pero hasta cierto punto decisivo: el del agente de seguridad negro Dismukes (John Boyega), quien trata de sortear el racismo de los blancos intentado confraternizar estratégicamente con ellos (una de sus primeras reacciones ante la presencia del ejército por las calles de la ciudad es acercarse a una patrulla de soldados y ofrecerles café para apaciguar sus ánimos), y una vez convertido a la fuerza en testigo presencial de los terribles hechos del motel Algiers, intenta en la medida de sus posibilidades que ninguno de los detenidos afroamericanos acabe herido o muerto.


Es una pena que, manteniendo tan buen nivel a lo largo de un relato, asimismo, muy largo, a mi entender demasiado –143 minutos– por las razones que a continuación expondré, es una pena que Bigelow estropee parte de lo conseguido en sus escenas finales. No me refiero a la serie de secuencias destinadas a reconstruir el juicio en el cual fueron procesados los agentes Krauss, Flynn y Demens, y del cual al final salieron absueltos por falta de pruebas, que me parecen bien resueltas dentro de su carácter más convencional, sino al innecesario epílogo centrado en el personaje de Larry: su abandono del grupo The Mecanics y de la música profesional, su soledad y, finalmente, su incorporación como cantante al coro de una iglesia, donde sigue en la actualidad. Y tampoco me refiero al hecho de que, antes de los créditos finales, unos nuevos rótulos nos informen de lo que le ocurrió a este personaje (lo cual constituye una clara redundancia) y al resto de personas implicadas en los hechos que la película reconstruye, sino a que en ese epílogo aflora lo peor y más superfluo de la realizadora: su torpeza psicológica y su tendencia endémica al esteticismo. Pese a todo, ello es más bien pecata minuta en el conjunto de un film que, justo es reconocerlo, me parece sin lugar a dudas el mejor que hasta la fecha nos haya ofrecido su muy sobrevalorada autora.

(3) http://elcineseguntfv.blogspot.com.es/2013/01/los-mataremos-todos-la-noche-mas-oscura.html